América es la versión aventurera de los genes de la humanidad, mediante la cual el mundo se asoma al presentimiento de distancias desconocidas, con un eco mudo, o un arco iris, invitando a su encuentro.
La tierra era una Pangea, con sus continentes unidos, que se fueron separando por una extraña condición geológica y, al desprenderse, dejó a América incógnita, hasta que una casualidad de rutas la hizo resurgir.
Así nació -del azar- con la belleza de sus cordilleras, océanos, selvas, climas, aves y plantas, con los valores espirituales de los indígenas y una esencia social derivada de sus mitos y leyendas.
Hasta que Colón, al leer Imago Mundi, abrió su imaginación hacia Las Indias Orientales, para establecer sistemas comerciales activos y plantear soluciones a los crecientes problemas económicos europeos.
Y, además, difundir la religión católica desde un prisma, tanto humano como divino, que le dio la visión -inimaginable- de unas tierras bonitas, con una querencia épica casi mágica y la bondad de la naturaleza como premisa de su encanto.
Colón descubrió América, pero negó a los americanos, e hizo de los nativos parte del paisaje del Nuevo Mundo, en quienes debía trasplantarse la cultura de Europa y transformar su lengua, sus creencias y costumbres.
Epílogo: Y, América Latina, es un sueño aún sin validar, con la esplendorosa amazonia como reserva de la vida, la lucha por su identidad y la superación de su degradante desproporción educativa, laboral y social… (Es un compromiso…)
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