Esta semana tuve la oportunidad de reencontrarme con mi hermana, quien llegó de visita desde Luxemburgo, país donde reside desde hace unos meses, continuando su periplo internacional desde cuando salió a estudiar y terminó construyendo su vida lejos de Colombia. Nuestro encuentro, que ya de por sí tenía un significado especial, nos llevó a compartir algo tan sencillo y tan nuestro como sentarnos a conversar alrededor de una buena taza de café colombiano. Nos encontramos en Barranquilla, recorriendo lugares, compartiendo historias, recuperando recuerdos y, por supuesto, buscando ese delicioso café que para nosotros tiene un nombre propio: el tinto de la tarde.
Pero ocurrió algo que terminó convirtiéndose en tema de conversación en cada establecimiento al que llegábamos. Pedíamos un tinto y, casi invariablemente, nos encontrábamos con que ahora lo llamaban “Americano”. Una, dos, tres veces. Y entonces surgió una pregunta que parece insignificante, pero que tiene mucho más fondo del que imaginamos: ¿en qué momento dejamos de llamar tinto a nuestro tinto?
No tengo nada en contra del café americano, ni de quienes lo prefieren, ni mucho menos de la cultura de otros países. Al contrario, soy un convencido de que conocer el mundo amplía nuestra perspectiva y nos permite comprender mejor nuestra propia realidad. Sin embargo, una cosa es abrirle las puertas al mundo y otra muy distinta es permitir que, en ese proceso, cerremos las puertas de nuestra propia identidad.¿Qué tiene de malo pedir un tinto? ¿Por qué pareciera que algunas palabras necesitan vestirse de extranjero para adquirir categoría? ¿Será que el café colombiano, servido en una taza, necesita un nombre importado para resultar atractivo en una carta de restaurante?
El tinto no es simplemente una bebida. Es una costumbre, una conversación, una pausa en medio de la jornada, una excusa para encontrarnos. Es el café que nos ofrecen en una oficina, en los despachos de mi temprana judicatura, el que acompaña una visita inesperada, el que se sirve en la cocina de nuestros hogares y el que nos permite conversar con un desconocido como si lo conociéramos de toda la vida. En Colombia, el tinto tiene una condición que difícilmente puede explicarse en otro idioma: es parte de nuestra manera de relacionarnos.
Y aquí aparece una preocupación que va más allá de una carta de bebidas. Estamos asistiendo, casi sin advertirlo, a una transformación de nuestras costumbres, en la que pareciera que lo extranjero tiene mayor valor que lo propio. Nos acostumbramos a decir meeting en lugar de reunión, delivery en lugar de domicilio, outlet en lugar de tienda de descuentos y coffee break para referirnos a ese momento en que simplemente nos tomamos un café, que digo un café un tintico. No es que debamos combatir cada palabra extranjera, porque los idiomas evolucionan y se enriquecen con el intercambio. Lo que cuestiono es esa necesidad permanente de sustituir lo nuestro, como si nuestra identidad necesitara autorización internacional para tener valor.
José Martí, en su célebre ensayo Nuestra América (1891), dejó una reflexión que parece escrita para esta discusión: “El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”. Una invitación a construir desde lo propio, a reconocer nuestras raíces y a no vivir imitando permanentemente lo que otros hacen. No se trata de aislarnos, sino de entender que el progreso no exige renunciar a nuestra identidad.Y es precisamente aquí donde encuentro una paradoja maravillosa en mi propia historia familiar. Mi hermana vive en Italia desde hace más de treinta años. Ha conocido otras culturas, otros idiomas, otras formas de vivir y de entender el mundo. Salió de Colombia para estudiar, encontró oportunidades y construyó su vida fuera del país. Sin embargo, cuando regresa, cuando nos encontramos y nos sentamos a compartir, lo que buscamos es aquello que nos conecta con nuestra tierra. No venimos a Colombia a encontrar Luxemburgo, ni a pedir que nos hablen como en París, Londres o Nueva York. Venimos a reencontrarnos con lo nuestro.
Y entonces recuerdo una máxima que bien podría orientar nuestras costumbres: en la tierra del César, hagamos lo que se hace en la tierra del César. Si estamos en Colombia, llamemos tinto al tinto, arepa a la arepa, aguapanela a la aguapanela y tratemos nuestras tradiciones con el respeto que merecen. Que quien venga de afuera conozca nuestra cultura, pero que nosotros no tengamos que disfrazarla para recibirlo.Colombia tiene mucho que mostrarle al mundo. Tenemos una biodiversidad extraordinaria, una gastronomía que merece reconocimiento internacional, una música que atraviesa fronteras, una literatura que nos representa y un café que ha conquistado los mercados más exigentes. Pero, sobre todo, tenemos una identidad que no podemos permitir que se diluya en la imitación permanente.
Primero lo nuestro no significa despreciar lo ajeno. Significa conocer, valorar y defender aquello que nos pertenece. Significa entender que podemos hablar inglés, francés o cualquier otro idioma sin olvidar la riqueza del español; que podemos viajar por el mundo sin dejar de sentirnos colombianos y que podemos recibir las mejores influencias internacionales sin perder nuestras propias maneras de hacer las cosas.No permitamos que la globalización nos convierta en extranjeros de nuestras propias costumbres. Que el mundo conozca nuestro café, nuestra cultura y nuestra manera de vivir, pero que nunca tengamos que cambiarles el nombre para sentirnos a la altura de nadie.
El reloj sigue marchando. Y mientras el mundo nos invita a parecernos cada vez más a todos, yo prefiero reivindicar aquello que nos hace diferentes.¡Americano no… TINTO!Y si es colombiano, mucho mejor de olleta.
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