Pasado el fragor de las elecciones conviene reflexionar sin fanatismos sobre el futuro de Colombia, que posee una serie impresionante de ventajas comparativas en relación con otros países, no bien aprovechadas lo largo de su existencia.
Su ubicación geográfica en el sitio más estratégico de América la convierte en epicentro de las rutas comerciales y turísticas más favorables. A pesar de no ofrecer una infraestructura aérea suficiente, el aeropuerto El Dorado es uno de los primeros en el transporte de cargas y movilización de pasajeros.
Poseer costas sobre los océanos Atlántico y Pacífico permite desarrollar un comercio robusto con todos los continentes, contando, además, con la cercanía del Canal de Panamá que facilita el tránsito marítimo.
La situación en la zona tropical y su rugoso territorio la dotan de todos los climas, condiciones inigualables para el desarrollo agropecuario. Colombia posee los páramos más extensos del mundo, enormes llanuras orientales y fértiles tierras en sus numerosas cuencas fluviales que facilitan el desarrollo de grandes industrias agropecuarias.
La riqueza minera de carbón, oro, esmeraldas, hidrocarburos etc., renglones que permiten crear productivas explotaciones que se pueden desarrollar respetando el medio ambiente.
Sin embargo, esta abundancia natural no se ha utilizado para acabar la gran desigualdad de nuestra sociedad, una de las mayores del mundo, ni lograr un desarrollo armónico del país. ¿Por qué?
Los interminables conflictos internos que ha sufrido Colombia desde la época de la emancipación cuando se enfrentaron “centralistas” y “federalista” por imponer una forma de gobierno; las siguientes guerras en ese siglo XIX por la disputa del poder o la adopción de nuevas constituciones, como la espantosa “Guerra de los mil días”, que llegó hasta los primeros años del siglo XX; el enfrentamiento sangriento entre liberales y conservadores iniciado en la década de 1930; la guerra de guerrillas de origen comunista que se introdujo en la década de 1960; y la llegada del violento fenómeno del narcotráfico en los años 1970 han dificultado ejercer gobiernos que impulsen el progreso con una sólida economía solidaria.
Colombia no ha tenido una guerra internacional, - excepto una breve escaramuza con el Perú durante el gobierno del presidente Olaya Herrera – no ha sido invadida por otro país ni ha habido una guerra religiosa. Todos los enfrentamientos han sido entre colombianos, bien sea por razones políticas o por actividades delincuenciales.
Ha llegado a tanto el belicismo que el presidente Santos propuso un acuerdo de paz, más parecido a un curioso “armisticio”, que como se firmó entre partes que siguen actuando en el territorio, ha sido casi inútil.
Los colombianos debemos contribuir con buena voluntad para convivir en paz con una actitud despojada de sectarismos y odios. Y el gobierno nacional debe asumir una conducta serena e imparcial. Convertir en un problema de Estado la posesión del presidente, que no es sino una formalidad institucional, es algo innecesario. La austeridad y la coherencia deben comenzar por cumplir la ley sin estridencias.
Nota: Acatar las normas vigentes y las decisiones de los jueces es un principio fundamental de la democracia. Si no se está de acuerdo con ellas existen las vías legales para tratar de modificarlas: Léase JEP y Acuerdo de Paz. En derecho las cosas se deshacen como se hacen.
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