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El porvenir de una promesa
El gobierno de Gustavo Petro no finalizó como debía.
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Viernes, 7 de Agosto de 2026

El gobierno de Gustavo Petro no finalizó como debía. Hace cuatro años imaginaba que, pese a las dificultades de su temperamento, bien conocidas desde cuando fue alcalde de Bogotá, ser consciente de la responsabilidad que le imponía la historia le serviría para dominarse a sí mismo. Pensé que por cuatro años evitaría sentirse el más inteligente, con licencia para inmiscuirse y opinar de cuanta cosa existe en el presente, el pasado y el porvenir.

Pensé que haría como López Obrador en México, que trabajó disciplinadamente seis años, haciendo gala de modestia y autocontención en su vida personal. Tan bien lo hizo en la escena política de su país, que creó un partido con el que ganó casi todo donde quiera que hubo elecciones, en todas las ramas del poder público y desde las municipalidades hasta las elecciones presidenciales siguientes.

Petro, en cambio, se caracterizó por un estilo de gobierno menos contenido y por una menor atención a la solemnidad que usualmente se espera de la investidura presidencial. En su entorno se consolidaron actores que alcanzaron posiciones de poder sin tener conciencia del compromiso histórico que implicaba el momento que vivía el país.

Le reconozco, no obstante, méritos que por sí solos le otorgan un lugar en la historia, que ojalá sepa cuidar y no arruine con más imprudencias. Supo persistir en un discurso que antes no tuvo espacio en la cúspide del poder nacional. Su constancia en los puntos centrales de la agenda progresista en temas como la equidad y la inclusión social, el respeto a la diversidad, el cuidado del medio ambiente, la promoción de las fuentes de energía alternativa, el fortalecimiento de la cooperación sur – sur, la reforma agraria, el cumplimiento del acuerdo de paz, etc., le permitió crear un partido mayoritario en el Congreso, que tiene la extraordinaria característica de haberse construido más que todo con discurso y reivindicaciones sociales históricas, aunque con una base muy precaria de ejecutorias o de realizaciones concretas, como si es el caso de muchos partidos de izquierda latinoamericanos.

Ese partido, el Pacto Histórico, tiene la característica única -que hace impredecible su suerte- de estar construido sobre dos condiciones. La primera y más firme es una agenda de expectativas de cambio y de reforma cuya necesidad es incuestionable. Pero la segunda es la inexistencia de referentes históricos firmes de materialización de esas transformaciones sociales, y de líderes que se entronquen con las tradiciones y los sectores sociales que tengan la capacidad de lograr los consensos sociales que las hagan posibles. En otras palabras, un gran cambio social no se puede hacer solamente con los “nadie”, si tener aunque sea un poco de los “siempre”.

Por ejemplo, no es fácil hacer una reforma agraria teniendo como referencia remota las reformas fracasadas de López Pumarejo y Carlos Lleras, y sin tener a quién encomendarle un desafío tan extraordinariamente difícil, que implica derribar muros sociales, políticos y administrativos como los que obstaculizaron el trabajo de la Agencia y el Fondo Nacional de Tierras. La meta en el Plan de Desarrollo de 1.5 millones de hectáreas solo se cumplió en la décima parte, que se inscribió debidamente ante las Oficinas de Registro de Instrumentos Públicos.

La promesa de grandes transformaciones nacionales que algún día le cambien el rostro a uno de los países más desiguales del mundo, no se podrá sostener solamente a través de trinos y calle, y menos con un antecedente tan limitado de resultados concretos. Ya veremos lo que nos trae este cuatrienio impredecible que hoy inicia.


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