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Las historias que nos contamos, a propósito de los delirios de Petro
Hay días en los que nuestro cerebro parece convertirse en un narrador poco confiable.
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Lunes, 13 de Julio de 2026

Hay días en los que nuestro cerebro parece convertirse en un narrador poco confiable. Nos cuenta historias con tal convicción que terminamos creyéndolas como si fueran hechos. Desde la neurociencia sabemos que esto tiene una explicación: el cerebro no está diseñado para registrar la realidad de manera perfecta, sino para interpretarla rápidamente y ayudarnos a sobrevivir.

Cuando estamos bajo estrés, ansiedad o incertidumbre, el sistema de alarma permanece activado. La amígdala aumenta su actividad, mientras que regiones como la corteza prefrontal, encargada del análisis y la toma de decisiones, funcionan con menor eficiencia. En ese estado aparece el pensamiento caótico: una cadena de ideas que se alimentan unas de otras sin que nos demos cuenta. Una preocupación se convierte en una certeza, una posibilidad en una amenaza y un temor en una aparente realidad.

Lo más interesante es que el cerebro no distingue tan fácilmente entre aquello que imaginamos repetidamente y aquello que realmente ocurrió. Cuanto más repetimos un pensamiento, una y otra vez, más familiar se vuelve. Y nuestro cerebro tiene una curiosa tendencia a asociar lo familiar con lo verdadero. Así, terminamos creyendo nuestras propias conclusiones, aunque hayan nacido únicamente de una interpretación emocional del momento.

¿Quién no ha pensado alguna vez: “seguro hice algo mal”, “nadie me valora”, “esto va a salir terrible” o “todo está perdido”? La mayoría de las veces no son hechos; son hipótesis construidas por un cerebro intentando llenar los vacíos de información. El problema aparece cuando dejamos de cuestionarlas y comenzamos a vivir como si fueran la única verdad posible.

Por eso, uno de los actos más saludables para nuestra mente es aprender a detenernos y preguntarnos: ¿esto es un hecho o es una historia que mi cerebro está construyendo? Esa sencilla pregunta activa nuevamente la corteza prefrontal, reduce el impacto de la respuesta emocional y nos permite observar nuestros pensamientos con mayor objetividad.

La neurociencia nos recuerda que no todo lo que pensamos merece ser creído. Los pensamientos son eventos mentales, no pruebas. Aprender a observarlos sin obedecerlos de inmediato es una de las formas más poderosas de cuidar nuestra salud mental. Porque, al final, no siempre sufrimos por la realidad; muchas veces sufrimos por la historia que nuestro propio cerebro escribió antes de tener todas las páginas del libro.


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