Antes que las ideologías, los mercados hablan en precios. Y pocas señales han sido tan contundentes en las últimas semanas como la acelerada apreciación del peso colombiano. Hace apenas unos meses el debate era si el dólar volvería a los $4.500, hoy la conversación es otra: ¿puede Colombia ver nuevamente un dólar cercano a los $3.000? La pregunta ya no parece extravagante.
En el último mes, el peso colombiano ha registrado una de las valorizaciones más rápidas entre las monedas emergentes. La tasa de cambio pasó de niveles cercanos a $3.510 a alrededor de $3.250 en apenas treinta días, una apreciación superior al 7 %. Si se compara con el inicio de 2025, la revaluación supera el 20 %. Como ocurre casi siempre en economía, no existe una única explicación.
El primer factor es internacional. El dólar atraviesa un ciclo de debilitamiento frente a buena parte de las monedas del mundo, impulsado por expectativas de menores tasas de interés en Estados Unidos y una mayor búsqueda de rentabilidad en los mercados emergentes. Colombia participa de esa tendencia, pero claramente no la explica por completo.
El segundo factor es político. La reducción de la incertidumbre institucional ha disminuido la prima de riesgo que exigían los inversionistas para mantener activos colombianos. El mercado no premia gobiernos de izquierda o de derecha; premia previsibilidad, reglas claras, seguridad jurídica y disciplina fiscal. Cuando el riesgo baja, aumenta el ingreso de capitales y la moneda se fortalece.
El tercer factor es financiero. Colombia continúa ofreciendo tasas reales relativamente atractivas frente a otras economías. Esa combinación convierte al peso en un destino interesante para inversionistas internacionales que buscan rendimiento. A ello se suman mayores flujos de inversión y remesas, que incrementan la oferta de dólares en el mercado local. Tras tres años de Covid y cuatros años de Petro, una cascada de inversión reprimida fluirá nueva inversión hacia el país.
El objetivo de un país nunca debe ser tener la moneda más fuerte ni la más débil. Debe ser tener la más estable. La estabilidad cambiaria permite planear inversiones, reducir incertidumbre y tomar decisiones de largo plazo. Las economías exitosas no construyen competitividad sobre devaluaciones permanentes, sino sobre productividad, innovación, infraestructura, educación, institucionalidad y tecnología.
La verdadera pregunta, entonces, no es si el país puede tener un dólar a $3.000. Es qué hará si llega a tenerlo. Si Colombia logra aprovechar este momento para acelerar inversiones e impulsar la inteligencia artificial, los centros de datos, la logística, la infraestructura digital, la transición energética, la agroindustria de alto valor agregado y la manufactura avanzada, un dólar cercano a $3.000 dejaría de ser una amenaza para convertirse en una señal de confianza: la consecuencia natural de una economía más sólida, productiva y estable.
La tasa de cambio no debe convertirse en una obsesión; debe entenderse como un espejo. Lo importante no es la imagen que devuelve hoy, sino la realidad económica que refleja. Porque, al final, las monedas fuertes no crean países fuertes. Son los países fuertes, aquellos que producen más, innovan mejor y generan confianza, los que terminan teniendo monedas fuertes.
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