La investigación es la forma adulta y formal en la que definimos la curiosidad, esa curiosidad con la que nacemos y que en muchas personas se mantiene de por vida, para preguntarnos desde niños cómo funcionan las cosas y disponernos a desarmar los juguetes para mirar lo que tenían dentro.
En la antigüedad era más sencilla la vida. Si el ser humano se hacía una pregunta trascendental como por ejemplo ¿de dónde venimos? o ¿qué hay después de la vida?, no era necesario pensar mucho, pues siempre había una respuesta basada en la religión: “Dios (sin importar cuál), es el creador de todo… y no preguntes más porque nunca lograrías comprender esas cosas”. Sin embargo, ese oscurantismo, aun cuando dominó el pensamiento por varios siglos, no pudo mantenerse por siempre, e incluso algunas mentes brillantes prefirieron morir a dejar de hacerse preguntas incómodas que no eran satisfechas con explicaciones tan simples. Así que, con el paso del tiempo, esa curiosidad fue tomando forma y llegó a convertirse en un método, el método científico.
Hoy en día, la ciencia y la investigación son materia obligada en colegios y universidades ¡qué bien! pero no debería ser obligada, lo ideal es que los estudiantes sientan el entusiasmo por investigar y ellos mismos la demanden. Esto nos lleva a pensar que hay que esforzarse en hacerla entretenida, gustosa y apasionante.
De allí que, durante la carrera universitaria, se emplee tanto tiempo en las asignaturas relacionadas con la investigación, o en la formación de grupos dedicados a investigar, como los llamados semilleros, formados por jóvenes que escogen a qué línea unirse según el tema de su preferencia. Sin embargo, cuando todavía los profesores preguntan en clase: ¿a cuántos de aquí les gusta la investigación? ¿cuántos de ustedes se van a dedicar a la investigación el día de mañana? El porcentaje de respuestas afirmativas y manos levantadas sigue siendo bajo.
Todo esto lleva a preguntarnos: ¿la investigación debería ser voluntaria? La respuesta tiene dos fases, en un principio, todos los estudiantes deben familiarizarse con ella, porque es el pilar fundamental del avance de la ciencia, pero a su vez, el trabajo más duro para los profesores del colegio, enamorar a los estudiantes. Una tarea un tanto difícil cuando hay que hablarles de paradigmas, hipótesis, postulados, etc., conceptos que pueden parecer pesados antes de entenderlos. Luego, cuando ya salen de la universidad, solo van quedando aquellos a quienes su curiosidad se logró avivar con los vientos de la ciencia soplados por sus mentores. Pero es cuando surgen las verdaderas interrogantes ¿dónde voy a trabajar? ¿cuánto voy a ganar? ¿será fácil conseguir empleo?
El mercado laboral para un apasionado de la investigación no tiende a ser muy amplio que digamos. La primera puerta que hay que abrir, es para conseguir un trabajo como docente en una universidad, algo no tan sencillo con la cantidad de requisitos que se solicitan, pero bueno, en cualquier profesión hay que concursar y prepararse. Otros pueden intentarlo en las industrias privadas o en centros de investigación nacionales dedicados exclusivamente a eso. Sin embargo, cuando se le compara con lo que podría ganar un futbolista, artista y ni se diga un “influencer”, el estímulo para dedicarse a la ciencia va perdiendo fuerza.
Afortunadamente los investigadores que conozco disfrutan su labor, se les ve apasionados, y esas emociones son transmitidas a sus discípulos, porque de eso se trata, muy pocos se harán ricos con esta profesión, pero cuando hablan de sus hallazgos, dan una conferencia, o reciben reconocimientos, sus ojos les brillan, y eso también es riqueza.
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