Mariluz Moncada llega acompañada de un grupo de niños a la cancha de Simón Bolívar. Aunque está feliz porque su equipo participará en un torneo de fútbol de paz y reconciliación, pisar el escenario deportivo la llena de nostalgia.
Hacía 13 años no visitaba el lugar, y lo encontró muy cambiado. La Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR) remodeló el escenario; sin embargo, en su mente están intactas las imágenes de su llegada a Cúcuta.
Mira uno de los arcos y los ojos se le aguan, la voz se le quebranta y se sienta para tomar fuerzas y relatar su historia.
“A esta cancha llegué cuando me desplazaron de El Catatumbo. Hice un cambuche y me metí con mis 9 hijos, y con barriga incluida”, añade.
Le tocó salir de su casa huyéndole a la guerrilla y llegó con su numerosa familia y con ocho meses de gestación. A su esposo también lo dejó, porque la maltrataba.
“Mis hijos iban como en escalera, el más pequeño tenía un año, y el mayor 17”, recordó tratando de contener el llanto.“Cuando uno llega desplazado, viene con los ojos vendados y no sabe para donde ir, y esta cancha me albergó por un par de semanas”.
Fueron unos días muy duros, de hambre, desprecios, y mucho trabajo. Finalmente, la familia logró instalarse en una casa de Valles del Rodeo. Allí, Moncada tomó nuevamente las riendas de su vida y se prometió ayudar a los que estuvieran bajo su misma situación.
Empezó a trabajar con una asociación de víctimas de la violencia, y hoy hace parte de la Mesa Departamental de Víctimas. Desde allí lucha por la implementación de proyectos e iniciativas que le permitan a las víctimas seguir con su vida mediante el perdón, la reconciliación y el diálogo.
“Aprendí que debemos trabajar en unidad para poder llegar a la paz”, explicó la lidereza. “He vivido, jugado y hasta dormido bajo el mismo techo de las personas que me desplazaron de mi tierra, y después de vivir todo esto, el rencor empieza a desaparecer y nuestro proyecto de vida es más claro porque la amargura ya no está presente en nuestra vida”.
Para ella, llegar a Cúcuta no fue un fin sino un inicio. Este año termina su bachillerato y empezará a estudiar trabajo social en la universidad.
Moncada se ha convertido en el hada madrina de sus vecinos. Les busca los trajes para primeras comuniones y confirmaciones. Hoy, busca incluso 18 padrinos.
Así mismo, el 28 de cada mes llega con ollas comunitarias a los sectores más pobres de la comuna 8.
“Donde está el hambre estoy yo ayudando a calmarla. Yo sufrí esto con mis hijos y lucho porque mis vecinos no pasen por las mismas”, explica recobrando la alegría que la caracteriza.
