El mayor sueño de Yoneida es volver a estudiar en un colegio de verdad. Aunque encontró en el Centro Juvenil Don Bosco una alternativa para nivelar sus conocimientos en matemáticas, sociales y español, extraña el colegio.
Como tiene 14 años y no ha pasado de segundo de primaria, en los colegios de la Comuna 8 no la reciben, por su extraedad. En el Centro Juvenil encontró un espacio educativo y una mano amiga.
Todas las mañanas se levanta muy temprano a preparar el desayuno de su abuelo y de su hermano Jhony, un año mayor que ella.
Mientras los hombres de la casa van a Cenabastos a recoger desperdicios para los cerdos que crían en el patio, Yoneida alista su maleta y de la su hermano para salir al Centro Juvenil.
Allí, comparten con unos 30 niños mayores de 7 años, qué al igual que ellos no encontraron un cupo en los colegios de Antonia Santos, Los Olivos, y los barrios aledaños.
“Yo estoy haciendo primero y segundo, al igual que mi hermano. A mí me gusta mucho estudiar, y a él me toca arrearlo de vez en cuando”, explica en medio de risas.
Desde hace 8 años, cuando su papá murió y su madre se fue para Venezuela, Yoneida se convirtió en la mujer de la casa.
Vive en medio de la pobreza en un pequeño rancho de bahareque en la parte alta de Los Olivos junto a su abuelo y su hermano. Las adversidades no le han borrado la sonrisa ni le han arrebatado sus sueños.
Dice con seguridad que quiere ser doctora, y aunque su abuelo trata de ponerle los pies sobre la tierra al decirle que es una meta bastante alta, ella defiende su posición.
“Abuelo, para ser cualquier cosa en la vida se empieza por aprender a leer, y yo ya sé”, le responde con seriedad.
El abuelo, de 74 años, sonríe por la actitud de su nieta, y resalta el amor de Yoneida por el estudio y las ganas que tiene por aprender a tocar piano.
“Pero Yoneida, en el oratorio tenemos un piano y nunca te he visto tocarlo”, le recrimina el sacerdote Jhon Freddy Hernández, coordinador del Centro Juvenil, al enterarse de sus gustos musicales.
Yoneida, sonríe y con la sinceridad que la caracteriza le confiesa que ella aprovecha los ratos en que él deja la puerta de la oficina abierta para tocar el piano.
Aunque Yoneida y Jhony solo tienen clases en las mañanas, se quedan hasta el mediodía en el oratorio para almorzar en el comedor de Los Olivos, y por las tardes vuelven al centro juvenil para jugar con sus amigos, o aprender algún arte.
“Allá nos enseñan a ser mejores personas y a no pelear tanto”, explica Yoneida. “Aunque el próximo año quiero estudiar en un colegio normal, no dejaré de ir al oratorio”.
