El pasado mes de enero, Carolina Guerra se encontraba en una jornada más de grabación de una nueva película. Sin embargo, no se trataba de una escena cualquiera: llevaba todo el día flotando en medio del océano Pacífico, con el equipo completo de buceo y junto con el también actor Juan Pablo Raba.
De un momento a otro, comenzó a percibir tensión y preocupación entre el equipo de seguridad y salvamento. Al sumergir el rostro en el agua, se encontró con una gran cantidad de tiburones tigre que nadaban a pocos metros de sus pies.
Sin duda, fue uno de los momentos más tensionantes que vivió la actriz colombiana durante el rodaje de Pacífico, la nueva película del director Riccardo Gabrielli, que llegará a las salas de cine del país el próximo 8 de octubre.
Basada en una historia de la vida real, Pacífico sigue a un grupo de buzos que viaja a la isla de Malpelo para vivir la aventura de sus vidas. Durante su última inmersión, desaparecen en medio del océano Pacífico, luego de que una poderosa corriente los arrastra y los separa.
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Sin barco, sin rumbo y a cientos de kilómetros de tierra firme, cada uno deberá enfrentarse a un océano que no perdona. Mientras tanto, quienes emprenden su búsqueda solo pueden intentar adivinar dónde se encuentran.
En entrevista con Colprensa, Carolina habló sobre su experiencia al protagonizar esta nueva producción colombiana, los desafíos de rodar en mar abierto y la construcción de Alejandra, un personaje que, al igual que ella, encuentra en la maternidad una de sus principales motivaciones.
Más adentro
Nuevamente protagoniza una película de Riccardo Gabrielli. ¿Qué significa para usted volver a trabajar con él?
Muy feliz. Es una alegría muy grande y un voto de confianza que Riccardo quiera seguir trabajando conmigo. No solamente disfruto trabajar con él, sino que también me encanta saber que siempre quiere volver a hacerlo y que, además, me pone a realizar cosas loquísimas.
Él ha hecho cuatro películas, comenzando con Cuando rompen las olas. Luego vino La lectora, que fue la primera película que protagonicé con él. Recuerdo mucho la primera vez que trabajamos juntos y la primera escena de esa película, que era en alemán, mientras yo estaba secuestrada.

Después hicimos Cinco, una película increíble que filmamos en Nueva York. Me puso a recorrer todo Manhattan, donde también grababa e interactuaba con personas que ni siquiera sabían que estábamos filmando. Fue una locura.
Ahora se le ocurre ponerme ocho horas al día en el mar, rodeada de tiburones durante 12 días, en las agrestes y salvajes aguas del Pacífico, en Malpelo. Es una locura mi historia con Riccardo. Ha sido una de las experiencias más increíbles de toda mi vida.
¿Quién es Alejandra, su personaje en la película?
Alejandra es una mujer que está atravesando un momento delicado y una coyuntura en su vida personal. En la película no se profundiza demasiado en esa historia, pero sí se dan algunas pistas que permiten entenderla. Por mi parte, construí toda una historia sobre su pasado, las complicaciones que enfrenta y las razones que la llevan a emprender ese viaje, buscando desconectarse y vivir una aventura que la saque de la tormenta que está atravesando en casa.
Es una mujer que se separa de su pequeño hijo durante los días que dura el viaje y que va en busca del animal favorito de él: el tiburón ballena. Lo hace acompañada de su mejor amiga, quien realmente la convence de emprender esta aventura.
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¿Qué tanto conectó con un personaje como Alejandra?
Conecto mucho con Alejandra, en el sentido de que su principal motivación para todo, para vivir y para regresar de esas expediciones, es su hijo. Yo tengo un hijo de cuatro años y, cuando me embarqué, era la primera vez que me separaba de él durante tanto tiempo.
Teníamos puntos de conexión e inspiración muy claros. Ni siquiera tenía que inventarme nada, porque yo también estaba viviendo esa experiencia.
La principal motivación de Alejandra también era la mía, y ahí conecté muy fácilmente con ella, pues compartimos la maternidad y el espíritu aventurero. Hay que ser muy aventurero para ir hasta Malpelo, que es un punto de no retorno y uno de los lugares de buceo más remotos del mundo.
Son 36 horas de navegación para llegar a la isla, donde no hay hoteles, casas ni absolutamente nada. Es simplemente una formación rocosa en medio del océano. Solo hay una estación de la Armada y no existe ninguna otra infraestructura.
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¿Cómo fue esa aventura?
Todos vivimos en el barco, compartiendo y conviviendo, sin ningún otro lugar al cual ir. No había escapatoria. Estábamos en medio del mar, en su inmensidad, pero también confinados, compartiendo camarotes, desayunando, almorzando y cenando juntos. Vivíamos juntos y fue una experiencia maravillosa que pudo haber salido muy mal, pero, afortunadamente, salió muy bien.
Realmente vivieron una desconexión total. ¿Cómo fue esa experiencia?
Para mí fue una locura. Al regresar a la ciudad, nos sentíamos aturdidos por la cantidad de ruido y la contaminación visual. Fueron 12 días en los que el cuerpo experimentó algo diferente, algo que también se siente en el sistema nervioso.
Lo único que escuchábamos era el mar, los pájaros y, por supuesto, las voces de nuestros compañeros. No había ningún otro sonido. Fue una experiencia de paz absoluta.
A eso debemos sumarle que buena parte del día estábamos filmando debajo del agua, buceando.

¿Cómo fue la preparación para asumir el reto de grabar en un lugar con condiciones tan difíciles?
La primera condición era estar capacitados para afrontar las condiciones climáticas de Malpelo. El requisito para siquiera entrar en sus aguas es contar con una certificación de buceo avanzado. Por eso, lo primero que necesitábamos era hacer el curso.
Yo ya había buceado tres veces en diferentes lugares del mundo, pero no estaba certificada. Además, necesitaba obtener la certificación avanzada con personas que conocieran las corrientes de Malpelo, que son muy diferentes a las de otros lugares del mundo.
Vivo en Los Ángeles y pensé en certificarme allí, en México o en Baja California, porque no podía dejar a mi hijo ni sacarlo de su jardín. Sin embargo, por razones de seguridad, era indispensable prepararme en Colombia con personas que conocieran específicamente las corrientes de Malpelo. Por eso, me tocó viajar al país.
Juan Pablo Raba vive en Los Ángeles, muy cerca de donde yo vivo, así que también tuvo que viajar. Todos nos entrenamos con estas personas maravillosas, que posteriormente hicieron parte de la película. Ellos realizaron fotografías subacuáticas, participaron en algunas escenas y varios también actuaron en secuencias a bordo.
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Nos certificamos con ellos, cumplimos las horas de buceo que nos exigían e hicimos inmersiones nocturnas, entre otras actividades. Realmente fue increíble, aunque al principio tenía un poquito de miedo, sobre todo a los buceos nocturnos.
Sin embargo, estuve en las mejores manos y, gracias a ellos, descubrí que soy una persona de agua, mucho más de lo que pensaba. Ha sido uno de los regalos más grandes que he recibido en mi vida.
Flotando juntos
Una buena parte del drama que vive su personaje transcurre junto al personaje de Juan Pablo Raba. ¿Cómo fue trabajar juntos?
Trabajar con Juan Pablo Raba ha sido uno de los grandes placeres de mi vida profesional. Ya éramos amigos, pero ahora somos como familia. Ha sido uno de los regalitos más hermosos de esta experiencia.
También fue maravilloso compartir con Sebastián Eslava, a quien conocía desde hacía mucho tiempo, pero con quien no había tenido la oportunidad de convivir. Como te digo, estábamos viviendo juntos y no teníamos nada más que hacer que compartir.
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Yo le decía a Juan Pablo: “No nos van a volver a llamar para trabajar juntos nunca, póngase serio”, porque nos reíamos todo el día.
Aunque estábamos contando una historia tan dramática, la pasamos increíble. Juan Pablo es un actorazo, una persona muy profesional y talentosa. Para mí fue una delicia trabajar con él.
¿Fue toda una aventura detrás de cámaras?
Se hubiera podido hacer una película sobre lo que ocurrió detrás de cámaras. Desde el primer día fue una locura, porque, si lo piensas, solo a Riccardo Gabrielli se le ocurre filmar una historia tan trágica que ocurrió en Malpelo, justamente en Malpelo. Y solo a nosotros se nos ocurre decirle que sí.
No fue nada fácil, pero fue espectacular. La pasamos increíble y convivimos de una manera maravillosa.
Como el recorrido en barco hasta Malpelo dura más de 36 horas, aprovechamos para filmar algunas escenas, improvisar y grabar situaciones que no necesariamente se desarrollaban en la isla. Sin embargo, el mareo y el hecho de no estar acostumbrados a navegaciones tan extensas hacían que grabáramos las escenas y termináramos vomitando todo el tiempo.
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Ahora que te lo cuento, sé que suena como si la hubiéramos pasado horrible, pero fue todo lo contrario. La pasamos increíble.
Con los avances de la tecnología, buena parte de la película se pudo haber rodado en un estudio de grabación. ¿Por qué asumir el reto de hacerlo en el mar abierto?
Estas películas suelen hacerse en un estudio o en un mar con condiciones mucho más amables, pero a Riccardo le gusta el rock and roll. Él sabía que yo era la única demente que le iba a decir que sí, porque soy igual que él, y lo mismo ocurrió con todos los demás que terminamos haciendo parte del proyecto.
Incluso, desde el día en que me habló de la película, comenzó a contarme sobre el proyecto. Nosotros somos muy amigos y, mientras hablábamos de la familia y de otras cosas, empezó a contarme sobre esta nueva producción, basada en una historia que ocurrió en la vida real.
Me explicó que entre los sobrevivientes había principalmente hombres, pero también una mujer, y que esa mujer era yo. Básicamente, me informó que estaba en la película; no me preguntó si quería o podía hacerla.
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Entre más me contaba, más me emocionaba, pero también más miedo me daba, porque nunca me imaginé que fuéramos a rodarla precisamente en ese lugar.
¿Qué significa para una actriz protagonizar una historia trágica, basada en hechos reales, y filmarla en el mismo lugar donde ocurrieron los acontecimientos?
Totalmente. Cuando uno cuenta una historia que ocurrió en la vida real, existe una responsabilidad de acercarse a ella desde lo narrativo, la interpretación y todos los puntos de vista, siempre con mucho respeto. Sobre todo, cuando es la vida misma la que está en juego.
Vivimos momentos en los que flotábamos en medio del mar con Juan Pablo y, más allá del equipo de producción, mirábamos hacia los lados y no podíamos ver absolutamente nada. En esos instantes, estábamos mucho más cerca de lo que realmente vivieron esas personas hace diez años.
Yo siempre digo que no solamente estábamos contando una historia, sino que también la vivimos, porque estuvimos ahí, en ese mismo lugar, rodeados de tiburones.
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