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Emilio Lovera, un humor no apto para cardiacos
El humorista venezolano estuvo en Cúcuta y contó detalles de su carrera que comenzó en el vecino país.
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Sábado, 13 de Junio de 2015

Con solo escuchar su nombre y el particular timbre de su voz miles de personas saben que se trata de uno de los principales humoristas venezolanos de talla internacional. Sus originales imitaciones y chistes han hecho reír a carcajadas a millones de personas durante más de tres décadas.

Sus shows están tan cargados de humor que él mismo advierte que “puede llegar a ser peligroso ver un show mío. Lo puede matar de la risa”. Y no es para menos. Hablar de él es sinónimo de alegría.

Hace dos semanas estuvo en Cúcuta, presentando su comedia ‘La piñata latinoamericana’. El Teatro Zulima estaba repleto esperando al talentoso humorista Emilio Lovera. La larga espera, antes de su salida a escena, se compensó con las risas de los asistentes ante los acertados comentarios del afamado artista.  Y la La Opinión aprovechó para confesarlo.

¿Cómo fue su inicio en el humor?

Empecé como humorista por curiosidad. En la época que decidí serlo era peor que ser músico. La gente cuestionaba que no fuera ingeniero, médico, abogado, o arquitecto, porque esas eran las profesiones decentes de esa época. Ser humorista resultaba ser un ‘zángano’. Pero hoy esto cambió. Ahora hay madres que me dicen que direccione a sus hijos por el camino del humor.

¿Y cómo llegó a ‘Radio Rochela’?

Yo no entré por mi voluntad. Unos compañeros entregaron un trabajo humorístico a alguien que tuviera que ver con comedia y coincidieron con el director de ‘Radio Rochela’. Hicimos una reunión con él y ahí me dijo que me llevaba para esta producción.

¿Qué lo impulsó a seguir con esta carrera?

Creo que todo el mundo muestra que quiere ser en el bachillerato y yo me destacaba en ese entonces ‘echando broma’ e imitando. Esa fue mi característica y supe que por ahí era la cosa. La primera vez que me pagaron no lo podía creer. Mi papá me decía que por eso no me iban a pagar y mira ¡me están pagando (risas).

¿Cómo nacen sus personajes?

Esto no lo estudié, pero desarrollé un método basado en la observación. Una mirada, un acento, una forma de caminar, todo eso lo guardo como un archivo. En el momento en que leo un libreto saco lo que tengo guardado y voy armando cada personaje como un ‘armatodo.

¿Cuándo ha sido difícil continuar un show?

Cuando estaba empezando, en 1984, en Venezuela, comencé a actuar en el restaurate Los Arrieros y en uno de mis shows había un señor que se reía mucho. Cuando la gente paraba de reír para escuchar el otro chiste, aquel hombre seguía carcajeándose del anterior. Era como una especie de saboteo y su risa contagiaba  a los demás. En un momento se escuchó un golpe y era que el hombre se había caído de la silla. La gente se reía hasta que se dieron cuenta que le dio un ataque. Se lo llevó la ambulancia y yo con la poca experiencia que tenía intenté desviar el hecho y todo terminó bien. Cuando llegue nuevamente al sitio, me dijeron “¿supiste que el hombre se murió? Cuando se lo llevaron ya estaba muerto”, literalmente murió de risa.

¿Qué representa Colombia, y especialmente Cúcuta?

Jamás pensé que iba a salir de Venezuela porque el humor que hacíamos era muy local. Sin embargo, con Colombia, México y Argentina tuvimos equivalencias en política y en inseguridad y comencé a notarlas y a ver que habían cosas que sí podían servir fuera del país. En ese momento supe que había ampliado mi público. Sin embargo, Cúcuta es algo muy especial para mí. El bogotano no entiende cosas de mis shows que el cucuteño sí.

¿Qué no puede faltar en su maleta?

Ropa cómoda, es decir, que sea fea. Creo que es mejor preguntar qué se queda de la maleta de Emilio, porque siempre en los viajes se me queda el reloj, la correa, o mis medias negras.

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