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Madres desplazadas luchan para borrar su triste pasado
Magaly, Martha y Aída, víctimas de la violencia, quieren que sus hijos tengan vidas distintas a las de ellas.
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Sábado, 30 de Mayo de 2015

Levantar a Magaly, Martha o Aída es innecesario. De hecho, una trabaja de sol a luna y por eso solo fue posible juntarla con sus vecinas después de las 7:30 de la noche. La otra, es imparable y habladora; no para buscando algo para mostrar y para hacer, pero también escucha atenta y calla sosteniendo su barbilla cuando alguien cuenta su historia.

Solo se sosegó al oír el relato de una de sus compañeras que contó cómo fue desplazada con el papá de seis, de sus siete hijos, cuando ella apenas tenía en brazos a la mayor que va a cumplir 14 años y sueña con tener una tablet.

-¡Pero la que necesita una tablet es otra!, dice Martha y suelta una carcajada, mientras la fértil madre dice: “No, ya me operé”.

Sabe que en esa época llegó un anónimo a su casa, como a las de sus vecinos de la vereda Santa Rita, en Unguía del Chocó. Que tenían 24 horas para desalojar, que cuando salió con los demás habitantes de la vereda, un líder dijo que debían hacer de cuenta que no había familia, ni nadie detrás.

Como en el mito de Orfeo y Eurídice,  aquel que cuenta que un joven músico perdió a su ninfa y descendió a las profundidades infernales para suplicar que le permitieran a Eurídice volver a la vida y lo logró, pero con la condición de que no debía mirar atrás o la perdería, pues del mismo modo, sin volver la vista anduvo ese pueblo confiando en que llegara pronto el final del amargo trayecto.

Alguien golpeó a la mujer, la acorraló contra una cerca de púas, la gritó, la calumnió, la acusó de ser de los otros, pero la insistencia de un hombre de botas que pidió que la dejaran porque llevaba su bebé cargada, la salvó.

(Las madres víctimas de la guerra dicen que el apoyo a sus hijos, será su única salvación.)

La otra, con sus grandes ojos y una mirada demasiado seria y casi desconfiada, no sabe mucho del desplazamiento. Estaba recién parida y cumpliendo rigurosamente la dieta de toda madre. Su esposo llegó de trabajar y organizó el trasteo. Nunca le dijo ni quién, ni cómo, ni por qué los desplazaron, porque él prefirió mantenerla a salvo de malas noticias y momentos dolorosos.

A ella no le ‘pica’ la curiosidad. “Si se va a enterar uno de algo malo, mejor no enterarse de nada”, dice.

Sonríe cuando recuerda que se reencontró con su familia en Valledupar en diciembre pasado, después de ocho años sin verla, y aunque el pasaje salió caro, valió la pena.

Al marido de la última, lo mataron porque decidió no pagar ‘vacunas’, mientras ella quedó sola con sus dos hijos, hace más de una década.

Su pequeña familia es todo su tesoro, además del arte, que es la pasión con la que dice haber sacado toda la rabia que llevaba dentro, por las injusticias que vio y vivió, tras tenerlo todo.

Matices y visos

(Martha Mora considera que la única manera de salvar a los hijos de la violencia es con el arte.)

A Martha no le gusta hablar de esos tiempos; se le nota a leguas. Dice que hay que sobrellevar la tragedia y dolor, y seguramente movida por eso brinca a una de las habitaciones del pequeño apartamento sin puertas y en obra negra, que le dio el gobierno hace casi un año.

Sale con una treintena de pinturas en cartón paja, y las ubica en el piso en una improvisada exposición de sus otros hijos, que son los niños de las demás víctimas que habitan en Villa del Rosario y con los que trabaja cada tarde de sábado en la diminuta sala de su casa con la Fundación de Artes Empíricas, que ella misma creó.

-Uno de mis hijos me pelea por lo que hago, y le digo: ¿Es que yo le he pedido algo? ¿Le he pedido para el mercado? Si los saqué adelante con esto, con arte, -dice.

Y ahora, su bebé de 20 años llega a casa, pero no le discute.

-Parece una garza cuando entra, y va pasando por sobre los niños. Que perdón, permiso, ¡ojo!, y luego sale y se va para donde la novia.

El piso, que antes era de cemento y ya le aplicó material, luce las manchitas de pintura de sus aprendices.

Todas coinciden en algo: además de que sus pequeños llegan bañados en pintura y que deben tener una sola muda de ropa para los talleres, también quieren que sus hijos tengan una oportunidad distinta, y hasta lucen orgullosas los talentos con los que hace poco, o mucho, eran uno en un vientre.

“Es lo paradójico, ¿no? Que gracias a un hecho violento, descubrí mi esencia” dice Martha, quien de paso descubrió la de esos jóvenes que pueden ser la sorpresa artística de la región.

Hasta hace pocos meses dibujaban sobre fondos negros y con colores oscuros, pero paulatinamente se dejaron llevar por el color.

Uno de ellos, Leo Quintero, fue finalista en un concurso de la Agencia Colombiana para la Reintegración con una obra llamada ‘Frutos de Paz’.

Asienten, se miran y creen que tal vez eso es lo que las alivia: saber que el apoyo que dan como madres tendrá sus propios frutos.

Aunque haya dos o siete hijos, y aunque alguno se haya quedado buscando a su padre ahogado en el Sinú hace dos semanas, ahí estarán ellas, resistiendo esas pequeñas matanzas que llegan con cada memoria cruel que hace más caro el precio de su única misión y manifiesto que es hacer su propia paz, unidas y dando vida en medio de tanta esterilidad que dicen sentir todos los días.

 

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