Por estos días en Bogotá un amigo me invitó a tomar un café y me dio la dirección: carrera 4 Este No 9 – 37, barrio Egipto. Cuando llegué grande fue mi sorpresa porque se trataba de una casa en la que había vivido Jorge Eliécer Gaitán.
Inmediatamente llegan todos los recuerdos e imágenes de un hombre como Gaitán. Uno de ellos, cuando el 9 de abril de 1948 – el día de su muerte – hacia las dos de la mañana terminó la audiencia en la que logró la absolución del teniente Cortés quien había asesinado al periodista Eudoro Galarza del periódico “La Voz de Caldas”, el día 12 de octubre de 1938, quien señaló al oficial de cobarde.
Cuando se tiene una experiencia como esta es inolvidable, con los inmortales; quizás la tumba que tengo más presente de uno de ellos, es la de Edith Piaff en el cementerio de Pere Lachaise, en Paris.
Recorrer las cafeterías en Montmartre y Belleville en París, donde su padre la abandonó y una prostituta la recoge y se vuelve su madre, ver los cuadros que hay de la cantante es recordar una historia de vida. Muy cerca de su tumba se encuentra la de otro inmortal: Oscar Wilde. En ese cementerio se encuentra la tumba de un colombiano, el poeta Rufino José Cuervo.
Por estos días terminé de leer por tercera vez “El extranjero” de Albert Camus. Hablando sobre la muerte, esta última lo acompañó sorprendente en varios episodios de su vida. El día después del entierro de su madre, no lloró en su funeral, y eso le costó una condena por haber matado a un árabe.
Pocos días después es ahorcado. La última frase que le dice el sacerdote que lo acompaña el día antes de su muerte, Meursault que era ateo y le dice al clérigo que lo deje solo en la celda, antes de su muerte le dice: “No hijo mío, estoy con usted aunque lo ignore, porque tiene un corazón ciego.
Rezaré por usted”. Sobre la muerte hay un diálogo en “100 años de soledad” entre José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, cuando estaban abandonando Macondo porque no la soportaban más, y no encontraban el mar y Úrsula dice “regresemos a Macondo”, ante lo cual su esposo le contesta “en Macondo no tenemos a nadie”, a lo que ella le dice: “sí, somos de Macondo, porque allá enterramos nuestro padres”.
Otra anécdota: hace algunos años teníamos un apartamento de estudiantes en París con Manuel Guillermo Cabrera, y vivíamos en el quartier Levallois Perret. Por aquellos años, no lo sabíamos, pero en el cementerio de la localidad están los restos de uno de los inmortales, el bailarín ruso Rudolf Nureyev, quien se convirtió en un trofeo de guerra para Rusia en su lucha contra Estados Unidos. En esos tiempos, los dos países se peleaban la supremacía en el mundo, y por ello Rusia mandó a una perrita al espacio: Laica; el primer ser viviente en ir al espacio. Nureyev termina huyendo y se va a vivir en París donde termina muriendo de sida.
Cuando Albert Camus muere en un accidente de tránsito en el sur de Francia en 1960, en los restos que encontraron del vehículo accidentado apareció un manuscrito sobre su padre: “El primer hombre”.
Cuando va a visitar la tumba de su padre al norte de Francia, en Breust, se da cuenta que había muerto mucho más joven que él. Todo ello, por otro lado, lo que hacían los amigos del Álvaro cepeda en el cementerio. En las noches se iban a tomar en su tumba y trataban de hablar con el “Cabellón”, como se le conocía.
Por estos días, terminó de leer “El último encuentro” de Sandor Marai, quien en una de sus reflexiones dice: “La mayor tragedia con que el destino puede castigar a una persona, es el deseo de ser diferentes de quienes somos”…” Hay algo peor que la muerte, que el sufrimiento, cuando se pierde el amor propio”.
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