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Anécdotas presidenciales
La historia de Colombia comienza en los años 1600 no propiamente con un presidente, fue con un barco de esclavos negros que llegó en 1596.
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Domingo, 2 de Agosto de 2026

La historia de Colombia comienza en los años 1600 no propiamente con un presidente, fue con un barco de esclavos negros que llegó en 1596. El líder era un negro, Benkos Biohó, a quien la corona española no le aceptaba porque sus compañeros le llamaban “Señor”, y además vestía como los españoles.

El gobierno de la época lo llama y le propone un acuerdo: que se vistiera como un español, pero no le podían decir más señor. Se hizo el acuerdo, posteriormente el virreinato no cumplió el tratado. En alguna ocasión escuchaba que era el primer tratado de paz que se había traicionado en Colombia.

Hay una salsa maravillosa del Joe Arroyo que cuenta esta historia que se llama: “Rebelión”. Ahora que el presidente electo De La Espriella se va a posesionar en Cali, como primera anécdota presidencial, vale recordar que en la historia se registran dos presidentes que no han gobernado desde Bogotá: Rafael Núñez, quien lo hizo desde Cartagena en su casa El Cabrero, y Manuel Antonio Sanclemente, quien por quebrantos de salud lo hizo desde Anapoima. El único presidente en Colombia que ha muerto en ejercicio fue Francisco Javier Zaldúa. Tuvimos un presidente negro, Juan José Nieto.

El único presidente que ha renunciado al cargo fue Marco Fidel Suárez, en noviembre de 1921, después del proceso que le adelantara “El monstruo” en el Senado, como le decían a Laureano Gómez, por haber empeñado su sueldo de presidente, en razón a que su hijo había muerto por la peste de gripa en Estados Unidos y necesitaba repatriarlo. La última vez que se aplicó la pena de muerte en Colombia fue en 1906 contra quienes atentaron contra el presidente Rafael Reyes. Fueron fusilados en Barrocolorado, en donde hoy funciona la Universidad Javeriana.

En 1957 la hija del presidente Rojas Pinilla va a la Plaza de Toros y es abucheada por el público en donde se encontraba Alberto Lleras Camargo que fue ovacionado. A los ocho días, el gobierno programó otra corrida y la Policía, que se hizo pasar por civiles, mató a varios de los asistentes.

Esto por Colombia. De las anécdotas que si bien no es de un presidente, sino de un emperador, la de Julio César, es de recordar. Iniciaba su carrera política y militar y no tenía dinero y por ello decide casarse con Pompeya, una mujer adinerada. En esa relación nunca hubo amor y por ello el descuido de Julio César era inminente. Durante el imperio romano había una fiesta de sexualidad femenina a las que iba Pompeya. En alguna ocasión, en una de esas reuniones participaba un hombre vestido de mujer, y en efecto, era el amante de Pompeya, el futuro emperador de Roma. Julio César decide divorciarse y el tribunal que no sabía ni cómo encausar el juicio contra Publio Claudio, no daba inicio al proceso. Ahí surge la famosa frase que: “La mujer del César no solo debe serlo sino parecerlo”.

Otra historia extraordinaria, la de Catalina la Grande, la emperadora de Rusia que sacó del ostracismo a su país que no salía de la edad media. Era una mujer que cuando terminaba una relación amorosa, a sus examantes los dejaba en buenas condiciones económicas. Fue muy famosa su relación con Gregorio Potenkim. Su círculo lo integraban intelectuales de la época como Voltaire y Rousseau.

No se queda atrás la historia de Napoleón. Su esposa Josefina le era infiel con el teniente Hipólito Charles. El emperador compromete al soldado André Langle para que lo matara y duró seis años persiguiéndole por Francia hasta que logró darle muerte en España. Y otra de Napoleón. Nunca tuvo una buena relación con su canciller Talleyrand. Cuando lo nombra le dice a la mujer de este último: “Ahora que tu esposo es canciller, espero que sepas comportarte a las circunstancias”, a lo que el canciller responde: “Eso no es sino que mi mujer siga el ejemplo de la suya, doña Josefina”.

Y por aquí muy cerca, en Ocaña, Nicolasa, que se había casado con don Antonio José Caro, hombre aburrido, ella no sabía qué hacer con su marido cuando conoce a Bolívar en 1812. Logra que lo nombren cónsul en Londres con tal de que se fuera de Ocaña, con la promesa de que ella iría a encontrarlo en pocos meses. Allá se quedó esperándola el pobre marido.

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