En esta época inaugurada por el presidente de la República, doctor Abelardo de la Espriella, de desenmascarar públicamente a los saqueadores del erario, considero que viene a propósito un graciosocuento justamente sobre un caso en cierto municipio de Colombia.
El cuento es simple, pero contiene una filosofía y una radiografía sociopolítica de lo que se volvió paisaje en nuestro país, la corrupción oficial, esto es, robar los fondos públicos nacionales, departamentales y municipales. Ello, sin ningún escrúpulo, impunemente, y enriqueciendo a quienes nunca han trabajado en nada sino en política y en cuerpos de elección popular.
Refieren que, en aquel municipio, un campesino tenía un precioso toro padre, de raza fina, muy solicitado en el contorno porque de su apareamiento resultaban excelentes crías. Obviamente, el propietario del semental obtenía jugosas ganancias porque nunca faltaban las solicitudes para que lo llevara aquí y allá a cubrir las hembras. El toro cumplía a cabalidad su cometido. Los dueños de las vacas quedaban satisfechos pues el reproductor nunca fallaba: vaca montada, vaca preñada y parida. Y, hermosos terneros para aumentar la ganadería.
La fama del toro llegó a oídos del alcalde del lugar, y alguien le sugirió que negociara el semental con el dueño, lo adquiriera como bien municipal y lo pusiera al servicio de la comunidad, así fuera cobrando un módico precio.
Al funcionario le pareció buena la idea, y partió un día a la finca en donde se hallaba el dichoso animal. Lo conoció, lo examinó y entró en negociación con el dueño. Se concretó la compraventa, y de inmediato el toro fue llevado al establo municipal. El vendedor le recomendó al señor alcalde que tratara de lo mejor al vacuno, le suministrara forraje especial, melaza, sal, en fin, una alimentación apropiada, y mucha sanidad y aseo. Un ejemplar de esa estirpe merecía todos los cuidados y atenciones.
Pronto el padrón fue requerido para que se inaugurara en su nueva misión. Le tocó en turno una vaca normanda, lustrosa, de ancas formidables, bien proporcionada, de ojos claros, con los que miró enamorada al soberbio conquistador. La vaca sacaba la larga lengua, se relamía, pero el macho no se dignaba corresponderle. Ni una miradita, ni por curiosidad.
Al desdeñoso toro le dio por echarse, y por muchos ruegos y hurras, gritos y voces para que se pusiera en pie, no lo hizo. Entonces el alcalde mandó a llamar al anterior dueño y le puso la queja, y hasta le insinuó que el animalejo era una estafa y por lo tanto el negocio se deshacía.
El antiguo amo, angustiado y admirado por semejante actitud, se inclinó junto al toro y empezó a hablarle al oído: “hermano, ¿usted cómo me va a hacer esto¨; ¿qué le pasa?;¿se volvió homosexual?; cumpla, hermano; meestá haciendo quedar mal con todo el mundo y usted mismo está quedando como un mari…; reaccione, hermano, y levántese a trabajar; por favor, se lo suplico, de lo contrario, me toca devolver la plata y regresarnos los dos para la finca humillados”.
El toro apenas alzó levemente la cabeza, y le contestó: “Usted si es pendejo; ¿no entiende que ahora soy empleado público?”.
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