En un parpadeo de la eternidad, el Ser engendró la Existencia, pero se otorgó el derecho a guardar en su alforja la bondad de dar, a la naturaleza humana, un sitio noble en algún pliegue de la inmortalidad.
La Existencia es frágil y contingente (si no se da, nada cambia) y termina con la muerte, en cambio el Ser tiene dos opciones: la casa de Dios, para nosotros los creyentes, o la reencarnación, hasta purificarse e ir al infinito.
El Ser no se planifica (Es) y sólo sucede en un orden universal, es sustancial e idéntico a sí mismo, vive en sí -y por sí- como un todo, singular y general, a la vez, no tiene espacio, ni tiempo, es plenamente esencial.
Su misión es buscar el instante en que el alma hace pausa, sugerir aquel punto, imaginario y soñador, a donde convergen los estados mariposarios de la belleza pura y se nutren los sentimientos de cosas divinas.
Ser y Existencia son un estado espiritual con destellos de realidad, para permitir al pensamiento asomarse al umbral donde comienza la plenitud y -aunque fugazmente- regocijarse en la luminosidad que ella refleja.
Ambos tienen un duende común, el azar, que tupe los días a su antojo con hilos peregrinos -y aventureros-, en los cuales unos, los del Ser, son inspiradores y, otros, los de la Existencia, sólo facilitan los asuntos cotidianos.
La cosecha es la consciencia, la cual surge de una rendija de la sabiduría para reconocer las señales del camino, habilitar la libertad y coserla en el corazón, en una red de esperanza -y excelencia- para sembrarla, de nuevo, en la memoria…
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