El lunes que pasó, Pedro María Montes Rojas nos convocó a la promoción de su segundo libro de anécdotas como hincha fiel del Cúcuta Deportivo en la biblioteca departamental y, de pasada, al anuncio de temas para el tercero.
Recordé que había escrito el prólogo del mismo, en el cual ingenuamente conté que lloré cuando el “glorioso” le ganó 2 a 1 al “perifolludo” Boca Juniors de Buenos Aires aquí en el General Santander, en 2007.
Mis sobrinos, a los que les pagué la entrada a occidental, avergonzados me abandonaron diciendo: “Uy, qué oso”, mi tío está llorando”.
Desde entonces juré no volver a llorar en público, y a fe mía lo he cumplido, no he vuelto al estadio. Logré olvidar su historia.
Por ejemplo, olvidé que “el cucutica” data de 1924, que se hizo conocer internacionalmente en 1950 de la mano de los hermanos Lara Hernández y Luis, Lucho, Figueredo Corrales, cuando ingresó a la liga profesional hasta ser campeón en 2006, habiendo podido serlo en 1964, cuando se lo robó Alfonso Senior para dárselo a Millonarios Fútbol club.
Lo bueno del anecdotario de Montes Rojas, es que las personas que asisten tienen en su ascendencia vínculos con el equipo, participan, recuerdan lo escuchado en la tradición oral, opinan y aclaran.
A la reunión fueron descendientes de Toja, de gallito Contreras, del puntero dinamita, Biviano Sapiraín, de “La belleza” Velazco, Julio Ulises Terra, de Barbieri y “de la Tour”.
Del “marciano Luis Alberto Miloc el del mechón en la frente, que lo sabía colocar la cabeza, cerrar los ojos y, ¡gol!
Al fin, en esta reunión supe de la razón del apodo de Elio Velazco Santos, la “belleza” y Palito Medina, apodos nacidos en las tribunas cuando celebraban sus goles al grito de: “Qué Belleza”, por el refinamiento del toque y su potencia ambidextra. Que les gustaba ir a entrenar en la plaza de Gramalote, que les gustaban las muchachas de allí y las arboledanas.
De todo eso me olvidé para no volver a llorar en público.
Me olvidé de la leyenda de los mundialistas suramericanos que vinieron; de Tulick, de Julio Ulises Terra, de Terremoto García, de Villaverde a quien acosaban para cogerle cría y del chino cegatón Alejandrino Sinisterra.
Me olvidé de Zunino, de quien aprendimos a meter la pierna duro y a codear del cuello hacia arriba.
Me olvidé que Shubert Gambeta y Eusebio Tejera que nos dieron nombre en Quito, en el Atahualpa, y llegaron a Cúcuta luego del “Maracanazo”.
Adenda: “No se trata de llorar realmente en público, sino que el público piense que estás llorando”, Ingrid Bergman.
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