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Hace 53 años
Un debate que se da hoy en día es la imagen del presidente De la Espriella caminando en medio de unos guerrilleros muertos en combate. Creo que esa imagen no era necesaria, y menos en estos momentos del país.
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Domingo, 13 de Septiembre de 2026

El 11 de septiembre de 1973 iba en un bus camino al colegio cuando escuché en la radio que Augusto Pinochet había dado un golpe de estado al gobierno del socialista Salvador Allende, en Chile. Lo que más recuerdo del momento, es que tan solo ocho días antes se había posesionado como ministro de Defensa y le había jurado lealtad.

Así sucedió, en la madrugada del 11 de septiembre se desarrrolló la acción militar que comenzó en las primeras horas de la mañana, cuando una guarnición de la Armada se declaró en contra del gobierno de la Unidad Popular en Valparaíso y rápidamente se extendió a Santiago. Las ramas castrenses (Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Carabineros), bajo el mando del general Augusto Pinochet, rodearon el centro de la capital y cortaron las comunicaciones del gobierno.

Salvador Allende ingresó al palacio presidencial de La Moneda acompañado de un grupo cercano de escoltas (el Grupo de Amigos Personales) y asesores para defender la sede de gobierno. Hacia las 9 y 30 de la mañana pronunció su último discurso, en el que Allende emitió su histórico mensaje final a través de Radio Magallanes, transmitiendo su decisión de no renunciar y su confianza en que el pueblo superaría el momento amargo.

Mientras eso ocurría, con un ataque aéreo y terrestre bombardearon el Palacio la Moneda con cohetes, lo que destruyó gran parte del edificio y desató un incendio de grandes proporciones. Tras el ataque, tropas del Ejército ingresaron por la fuerza al recinto. En medio de los enfrentamientos y ante la inminente captura, el presidente Salvador Allende se suicidó con un arma de fuego en el salón principal.

Sobre el golpe se han escrito numerosos libros y hay varias películas interesantes: una de ellas es una producción francesa, “Llueve sobre Santiago”, cuyo director es el chileno Helvio Soto. Hay otra del cineasta griego Costa Gavras, “Desaparecido”; es el relato de un periodista norteamericano que desaparece y su padre viaja a tratar de encontrarlo y se encuentra con los horrores de la dictadura y las torturas. Hay un momento dramático cuando el padre va con la esposa de su hijo, Beth, y van al estado Nacional donde torturaban y desaparecían a los presos políticos, y tratan de encontrar a Charles Horman.

En alguna ocasión me encontraba en Ginebra, Suiza, y se presentaba el libro “El día que murió Allende”, de Ignacio González, en el que se relataba que el golpe de estado fue propiciado por las multinacionales que tenían negocios en Chile.

Lo primero que hicieron fue organizar un paro camionero para desestabilizar el gobierno. En esa ocasión apareció en el evento una familiar del cantante de música popular y de protesta Víctor Jara, quien murió de 44 balazos que le propinaron los militares. Otra relato, otra película interesante, “Neruda”, un relato sobre la huída de Pablo Neruda por las montañas que limitan con Argentina.

Sobre golpes militares se ha escrito mucho y existen muchos interrogantes. Uno de ellos, sobre si lo de Rojas Pinilla fue un golpe de estado o no. En el libro de Silvia Galvis, “El jefe supremo”, su tesis es que no. Rojas Pinilla, en 1953, llega al poder por los partidos políticos, que con posterioridad lo derribaron.

Un debate que se da hoy en día es la imagen del presidente De la Espriella caminando en medio de unos guerrilleros muertos en combate. Creo que esa imagen no era necesaria, y menos en estos momentos del país.

En 1958, en Venezuela, hubo un episodio casi de comedia, cuando derrocaron a Pérez Jiménez. Cuando lo derrocaron encontraron varios maletines llenos de dólares que el dictador había olvidado. En otros años y otro país, el golpe de estado fue en 1968, en Checoslovaquia. La imagen de Teresa desafiando los tanques rusos que describe Milán Kundera en La insoportable levedad del ser, es histórica. Otro relato, otra historia, un oficial nazi que en el campo de concentración cuando llevaba a los judíos a los hornos, los hacía cantar el tango “Plegaria”.


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