La guerra entre el Ejército de Liberación Nacional (Eln) y el Frente 33 de las disidencias de las Farc incorporó en los últimos dos años una herramienta que modificó la manera de atacar en el Catatumbo: los drones comerciales adaptados para transportar o lanzar explosivos.
Lo que comenzó como una capacidad utilizada de manera puntual pasó a convertirse en una modalidad recurrente de ataque contra tropas, instalaciones militares y puestos de Policía, pero también con consecuencias para las comunidades que permanecen en las zonas donde se desarrollan las confrontaciones.
Un diagnóstico elaborado por la Corporación Red Departamental de Defensores de Derechos Humanos (Corporeddeh), con información recopilada entre el 1 de enero de 2025 y el 8 de septiembre de 2026, documentó 124 víctimas de ataques con drones en Norte de Santander.
De ese total, 73 corresponden a integrantes de la Fuerza Pública: 18 muertos y 55 heridos. Los civiles representan otras 51 víctimas: siete fallecidos y 44 heridos.
La comparación entre los dos años muestra que el fenómeno no se ha reducido. En 2025 fueron documentadas 55 víctimas, mientras que entre el 1 de enero y el 8 de septiembre de 2026 se contabilizaron 69, es decir, 14 casos más y un aumento del 25,45 %.
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El incremento adquiere mayor relevancia si se tiene en cuenta que la cifra de 2026 corresponde a poco más de ocho meses, mientras que la de 2025 comprende los doce meses del año.
Una nueva forma de atacar
La utilización de drones comerciales modificados introdujo una diferencia frente a las formas tradicionales de confrontación en la región. Los grupos armados pueden emplearlos para observar movimientos de tropas, transportar artefactos y efectuar ataques a distancia sin exponer directamente a quienes los operan.
Corporeddh identifica al Eln y al Frente 33 como las estructuras que han recurrido a esta modalidad en el Catatumbo.
Los ataques han tenido como objetivos instalaciones y unidades de la Fuerza Pública, especialmente en sectores rurales y poblaciones donde la presencia estatal está sometida a presión permanente. En varios casos, sin embargo, las explosiones han alcanzado viviendas, vehículos, cultivos, animales, establecimientos educativos y lugares de culto.
La afectación, por tanto, no termina en el número de muertos y heridos. En los territorios donde se repiten estos ataques también se han presentado desplazamientos, confinamientos y restricciones para la movilidad de las comunidades.