Las cosas que mueren no retornan, se desprenden del tiempo, igual que las hojas en otoño, o el rumor del rocío que se acopia lento y, luego, absorben los jardines, para abonar la vida que resurgirá -otra vez -.
La muerte es una segadora que nos arranca la intimidad, juega a las marionetas con los hilos del destino, condenándonos a ser meros espectadores del final, como una brizna lo es, dócil y sumisa, al viento.
Zarpa de su puerto, con las velas hinchadas, atisbando tablas de naufragios, o sonidos de gaviotas que se visten de cielo, para esperar el centelleo de los peces que habrán de picotear veloces en el mar …a su antojo.
Y busca en un faro lejano su luz, hecha de cristal de magia, el eco del silencio eterno al pie de una campana, el ulular del búho que canta ausencias, o la inmortalidad cansada que vuelve sobre sus pasos.
Apaga los recuerdos, como un caracol rastreando su baba, o las estrellas alejándose en el ocaso del horizonte, mientras una luna de soledad recoge su sombra y la siembra en el espejo del infinito.
El olvido es su verdad mayor, similar a las flores marchitas de los difuntos, las abejas después de su miel, o un anhelo consolando un dolor abierto, mientras se cura y se seca, o cae, como una rama vieja.
Todo vuelve a su origen, los colores a su blanco y negro, o los imposibles a esa dimensión donde se resuelven con una sabiduría, tan espiritual, que anuncia -inobjetable- el umbral de la eternidad.
(A mí me ha llevado a tuche, como decíamos en Cúcuta, 75 años, habiendo seres mejores…-He sido…y aún soy, sin merecer tanta bondad-)
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