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No siempre antibióticos
Los antibióticos han cambiado la historia de la medicina. Preservar su utilidad es una responsabilidad compartida entre quienes los prescribimos y quienes lo toman.
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Sábado, 24 de Octubre de 2026

Por ser un tema de interés general, me permito dar a conocer las reflexiones del médico internista Armando Díaz Vergel: “Ante cualquier malestar que implique preocupación por que una enfermedad se complique, las personas tienden a apelar a los antibióticos como más fuertes y efectivos. Más, sin embargo, en medicina, los más fuerte no siempre es lo más adecuado.

Los antibióticos son indispensables para tratar determinadas infecciones causadas por bacterias, pero no funcionan contra los virus que producen la gripa y el refriado común. Tomarlos para estas enfermedades no acelera la recuperación ni evita que aparezca una complicación bacteriana. Tampoco la mucosidad amarilla o verde significa, por sí sola, que se necesiten.

Aun así, es habitual recurrir a las pastillas que sobraron de un tratamiento anterior, seguir el consejo de un conocido o pedir el medicamento que “la otra vez me sirvió”.

Aunque los síntomas se parezcan, su causa puede ser diferente. Además, mejorar después de tomar un antibiótico no demuestra que haya sido necesario: muchas infecciones se resuelven por su evolución natural.

Ningún medicamento está libre de riesgos. Los antibióticos pueden causar diarrea, reacciones alérgicas y otros efectos adversos, algunos graves. Cuando se toman sin indicación, esos riesgos permanecen, pero el beneficio que se espera de ellos no llega.

Hay otra consecuencia menos visible: la resistencia a los antibióticos. Algunas bacterias adquieren la capacidad de sobrevivir a medicamentos que antes lograban eliminarlas. No es nuestro cuerpo el que se acostumbra a los antibióticos; son las bacterias las que se vuelven resistentes. Su uso excesivo o inadecuado favorece este problema, que puede hacer más difícil el tratamiento de futuras infecciones y afectar también a otras personas.

La solución no consiste en rechazar estos medicamentos. Cuando están indicados, pueden salvar la vida. Se trata de usarlos con criterio: no automedicarse, no compartirlos    ni guardar sobrantes para otra ocasión, y respetar la dosis, los horarios y la duración prescritos. Si surgen molestias o dudas, es necesario consultar para recibir orientación.

Los médicos también tenemos una responsabilidad. Decir “no necesita antibióticos”, debe acompañarse de una explicación, de medidas para aliviar los síntomas y de indicaciones claras sobre cuándo volver a consultar. El paciente necesita saber qué tiene, cómo se espera que evolucione y qué cambios deben preocuparle. Una consulta completa y un acto de buen cuidado.

Como pacientes, podemos cambiar la conversación. En lugar de pedir “algo más fuerte”, podemos preguntar: “¿Qué me ayudará a sentirme mejor?” y “¿cuándo debo consultar de nuevo?”. Estas preguntas permiten comprender el tratamiento y participar en las decisiones sobre nuestra salud.

Los antibióticos han cambiado la historia de la medicina. Preservar su utilidad es una responsabilidad compartida entre quienes los prescribimos y quienes lo toman. Cada fórmula debe responder a una necesidad clínica, no a la costumbre ni a la presión.

Porque cuidar también significa saber cuándo un medicamento hace falta y cuándo es mejor evitarlo”.


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