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Oficios: Amas de casa
No es por lamberles, pero ellas deberían pensionarse antes.
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Miércoles, 7 de Octubre de 2026

Helga Konrad, dirigente austríaca para asuntos de la mujer, propuso en una ocasión que sean causales de divorcio no solo el adulterio sino  la negativa del macho alfa a colaborar en las faenas domésticas.  En Colombia, el presidente de la Corte Suprema de Justicia acaba de proponer nivelar la edad de jubilación de hombres y mujeres. “¡Qué atropello a la razón!”.  No es por lamberles, pero ellas deberían pensionarse antes.

En Colombia el DANE no lo ha dicho pero es seguro que nuestra “dulce enemiga” trabaja mucho más que el varón domado.  Lo digo por experiencia: A la hora de camellar, mi señora me derrotó 5-0.

Las amas de casa tienen que barrer, trapear, limpiar el polvo,  agacharse setenta veces siete, cocinar, lavar la losa, la ropa, conectar y desconectar el calentador, mercar grano y plaza. Asesorar al macho alfa a la hora de escoger la pinta diaria.  Acordarse de cuando eran novios, añorar la época de vacas gordas cuando hacían el amor hasta viendo pasar el tren. O debajo de la alfombra.. 

Les toca sacar la basura, recoger la caca de las mascotas, subirse a un taburete cuando aparece un ratón; matar cucarachas, fumigar, purgar a todo el mundo en casa, casar a las hijas bien casadas, acoger a las separadas, atender visitas, hacer mandados. Atender hasta altas horas a los amiguitos del marido cuando los echan del bar. 

Morirse de la risa con la revolución femenina que les abrió puertas laborales pero las mantiene en la cocina. A pesar de que se faja en el campo laboral, el ama de casa tiene que dejar listo el almuerzo y adelantar la comida, aspirar, llevar todas las cuentas, pagar los servicios, preparar las loncheras de los hijos. Llamar cada cinco minutos para monitorear la marcha de la casa. 

Estar pendientes de que no se vayan a entrar los ladrones. Sacarlos si se entran. Hacer las tareas de los hijos, asumir como propias las angustias amorosas de la prole, no descansar nunca.  Repican y andan en la procesión.

Les toca comprar ropa para todos, hacer de doctora corazón de los hijos que se asoman al amor, tender camas hasta que las sábanas queden sin ningún pliegue, alegar, gritar, llorar, reír, cerrar puertas y ventanas para que entre el aire, preparar el plato que le gusta al marido. 

Al sexo frágil le toca limpiar paredes, constatar que el gas no se esté escapando, hablar mal – o bien- del gobierno de turno, arreglar la plancha, la aspiradora, ahorrar en plomero, en siquiatra, enfermera, abogado, electricista, médico.  Asear la nevera, acondicionar la ropa del mayor para el que le sigue, orientar a la empleada del servicio doméstica, pulir lo que esta hace  o no hace bien. 

Sacar tiempo para amar, soñar, perdonar, olvidar; no olvidar. Y saber que estas líneas que llegan a su fin no ayudarán un carajo a su causa.


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