El narcotráfico, la extorsión, la minería ilegal y el control de los corredores fronterizos alimentan una disputa en la que las bandas locales pueden actuar al servicio de estructuras armadas de mayor alcance. Los expertos en seguridad Wilson Echeverri y Jorge Mantilla advierten que la respuesta institucional necesita cambios de fondo.
La violencia que golpea a Cúcuta no se explica únicamente por el enfrentamiento entre el Ejército de Liberación Nacional (Eln) y el Frente 33 de las disidencias de las Farc en el Catatumbo. La disputa armada ha extendido sus efectos hacia la capital de Norte de Santander, donde confluyen organizaciones criminales, economías ilegales y redes capaces de ejercer violencia para proteger sus negocios o desplazar a sus rivales.
El asesinato de Miguel Castellanos, exsecretario de Gobierno de Cúcuta, otros 15 homicidios en lo que va corrido del presente mes y el atentado con explosivos contra la sede de la DIAN en El Escobal, reavivaron las preguntas sobre quiénes están detrás de esta escalada y qué intereses se mueven en una región donde la frontera ofrece rutas para el comercio legal, pero también para el narcotráfico, el contrabando y el tráfico de armas.
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Para Wilson Echeverri Leguizamón, experto en seguridad, el factor que conecta buena parte de estos hechos es la disputa por el control territorial. La coca, la minería ilegal y el microtráfico representan fuentes de ingresos que las organizaciones buscan conservar o ampliar.
En ese escenario, los homicidios selectivos y el sicariato no son fenómenos independientes: pueden formar parte de las estrategias de intimidación y confrontación con las que los grupos buscan imponer sus condiciones.
Echeverri considera que las autoridades han actuado dentro de sus posibilidades, pero que sus capacidades resultan insuficientes frente a organizaciones con fortaleza económica y militar. Su planteamiento apunta a reforzar la inteligencia y transformar la operatividad policial y judicial.
El desafío no consiste solamente en capturar a quien ejecuta un asesinato, sino en identificar a quienes lo ordenan, financian y utilizan la violencia para sostener sus negocios.
Jorge Mantilla, en diálogo con medios de comunicación nacionales, amplía el análisis. A su juicio, Cúcuta forma parte de un ecosistema criminal que conecta la ciudad con el Catatumbo, la frontera venezolana y los corredores que comunican a Norte de Santander con otras regiones del país. En ese entramado, las bandas locales pueden ser contratadas, tercerizadas o articuladas con organizaciones armadas que disputan el territorio.