Todos los años, las iglesias cristianas celebran con gran pompa y decoro la llamada ´Semana Mayor´ o ´Semana Santa´, durante estos días se recuerdan los misterios de la pasión, muerte y Resurrección de Cristo, esta última memoria es el centro de todo el conjunto de ceremonias y ritos.
Pero es en este tiempo litúrgico, en el que más se recalca a todos los creyentes la necesidad de la conversión, del cambio de vida, de pasar de la oscuridad a la luz, de la tristeza a la alegría. En fin, de poner la existencia en orden con Dios, los hermanos y la naturaleza.
En la Iglesia primitiva, la Penitencia se convirtió en una tabla de salvación para el pecador bautizado. Pero se propagó la práctica de limitar el frecuente acceso al sacramento para evitar abusos.
Después de que la Iglesia impusiera la penitencia, los pecadores se constituían en un grupo penitencial u "orden de los penitentes". Los pecados no se proclamaban en público, pero si era pública la entrada al grupo ya que se hacía ante el obispo y los fieles.
Las obligaciones eran de tipo general, litúrgicas y las estrictamente penitenciales, como la vida mortificada, ayunos, limosnas y otras formas de virtud exterior. En la práctica ocurría que la gente iba posponiendo el tiempo de penitencia hasta la hora de la muerte, haciendo de ella, un ejercicio de preparación para bien morir, porque sólo podía ser ejercitada una vez.
A partir del siglo V se realizaba la reconciliación el Jueves Santo, al término de una cuaresma que, de por sí, ya es un ejercicio penitencial. El obispo acogía e imponía las manos a los penitentes, en signo de bendición. La plegaria de los fieles era el eco comunitario de esta reconciliación.
Luego el Concilio de Trento reiteró la fe de la Iglesia: la confesión de los pecados ante los sacerdotes, es necesaria para los que han caído (gravemente) después del Bautismo.
En resumen, al inicio, la penitencia era pública y tenía estos pasos: el pecador confesaba sus pecados, el confesor le amonestaba y le imponía la penitencia durante meses o años.
Más tarde vino la penitencia tarifada, fines del siglo VI, cuyos pasos eran: el pecador confesaba sus pecados, el confesor le corregía, le daba una penitencia tarifada, es decir, “para tal pecado, tal penitencia”, y al final le daba la absolución.
Finalmente, penitencia privada, desde el siglo XI hasta nuestros días donde el pecador confiesa sus pecados, el confesor le da los consejos, le impone la penitencia, le da inmediatamente la absolución. Y el pecador ya absuelto cumple la penitencia.
Por eso La Opinión hizo una recopilación de los confesionarios en Norte de Santander, algunos muy antiguos, otros con bellas arquitecturas, improvisados o deteriorados, pero dispuestosp or laiglesia católica para escuchar a sus fieles.
A lo largo de la historia se le han dado diversos nombres a este sacramento
Sacramento de conversión: pues Cristo nos llama a la conversión y vuelta al Padre.
Sacramento de la penitencia: porque se sigue todo un proceso de conversión, arrepentimiento y de reparación.
Sacramento de la confesión: porque declaramos y confesamos los pecados ante el sacerdote.
Sacramento del perdón: porque quedamos absueltos de fallas.
Sacramento de la reconciliación: porque hay una verdadera reconciliación con Dios, con la Iglesia, con los hermanos y con nosotros mismos.
