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Especial | El secreto de los cañaguates: ¿por qué este año tardaron en florecer?
La respuesta está en un mecanismo biológico que conecta la sequía, las primeras lluvias y el comportamiento del clima. Pero detrás de este espectáculo amarillo hay una alerta mayor ¿Cuál es?
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Diana Valentina Rodríguez
Diana Valentina Rodríguez
Domingo, 30 de Agosto de 2026

Cada año, entre julio y septiembre, algo cambia en el horizonte de Cúcuta. Los cerros que rodean la ciudad, la vía hacia Pamplona a la altura de Los Vados y La Garita, el sector de Las Lomas, el Anillo Vial Occidental, todos se cubren, durante veinte días de una floración amarilla intensa que proviene del cañaguate, Handroanthus chrysanthus, un árbol nativo del bosque seco tropical que por unas semanas se convierte en el protagonista absoluto del paisaje y en uno de los símbolos más queridos de la región.

Pero este año la espera fue más larga de lo habitual. La ciudad tardó más en verse amarilla que en 2025, y esa diferencia, que a simple vista parece un detalle menor, es en realidad una pista sobre algo mucho más grande: el comportamiento de El Niño, un fenómeno que según el Ideam se intensificó durante 2026 y que podría convertirse en uno de los más fuertes desde que existen registros comparables, es decir, desde 1950.

Para entender por qué un árbol puede funcionar como un termómetro del clima de una región, La Opinión consultó a Evaristo Alberto Carvajal Valderrama, ingeniero agrónomo y profesor del área de morfología vegetal y botánica taxonómica en la Universidad Francisco de Paula Santander.

 

Un árbol con tres nombres y una sola identidad

Lo primero que aclara el docente Carvajal es de dónde viene el cañaguate. Pertenece a la familia Bignoniaceae la misma del urapán y el chicalá, otras especies comunes en la región y su nombre científico honra al taxónomo Oswaldo Handro. En Colombia se le conoce como cañaguate o flor amarillo; en Venezuela, donde es árbol nacional desde 1948, se le llama araguaney.

Más allá del nombre, el cañaguate es la especie insignia de un ecosistema que agoniza en silencio: el bosque seco tropical, del que en Colombia queda menos del 8% de su cobertura original. Junto al cují, el palo verde y distintas especies de cactus, forma uno de los últimos relictos funcionales de este tipo de bosque en el país, y Cúcuta alberga buena parte de lo que sobrevive.

 

La fenología: el secreto de una floración explosiva

Lo más fascinante del cañaguate no es solo su color, sino la manera en que aparece. El docente lo explica a través de la fenología, la ciencia que estudia los ciclos biológicos de las plantas y cómo el clima los regula. El árbol, según cuenta, atraviesa un proceso en dos tiempos precisos.

Primero sufre durante la sequía intensa, y como mecanismo de defensa para no perder agua, el cañaguate deja caer absolutamente todas sus hojas y queda a la espera de una señal. En segundo lugar, necesita un detonante muy específico, la primera lluvia fuerte después de la sequía. Ese choque térmico de agua fría cayendo sobre las raíces y ramas resecas es lo que realmente activa la floración, no el calor por sí solo. 

Ese mecanismo explica por qué la fecha de floración no es exacta sino cambiante cada año. Si el primer aguacero después de la temporada seca llega a finales de junio o inicios de julio, la ciudad se pinta de amarillo en julio. Si la sequía se alarga y las lluvias tardan en aparecer, el árbol permanece en una suerte de latencia y el espectáculo se traslada a agosto o incluso septiembre. Es, casi con exactitud, lo que ocurrió este 2026.

 

Cuando El Niño toca la puerta del bosque

El profesor Carvajal es claro en un punto: el cañaguate no sigue un calendario de meses fijos, sino lo que él describe como un reloj hídrico y hormonal, activado por el clima particular de cada año.

Cuando la temporada seca se adelanta o se intensifica como puede ocurrir en un año marcado por El Niño, el árbol se deshoja antes, pero si las primeras lluvias tardan en llegar, la floración se retrasa con ellas.

Ese es, según el experto, el escenario más probable detrás de lo observado este año, no una anomalía aislada, sino la consecuencia de una temporada seca más prolongada, coherente con el fortalecimiento de El Niño que el Ideam ha documentado durante 2026, con proyecciones de que el fenómeno alcance su punto más intenso hacia el último trimestre del año. La pregunta que deja abierta esta conversación es qué tanto puede seguir corriéndose este calendario si el fenómeno continúa intensificándose en los próximos meses.

 

Los beneficios ecosistémicos

Más allá de lo visual, el cañaguate presta servicios que casi nunca aparecen en las fotos de temporada. El profesor Carvajal cita investigaciones del Instituto Humboldt sobre la capacidad del bosque seco tropical como sumidero de carbono.

La arquitecta María Consuelo Mendoza Varela, experta en planificación urbana y regional y autora del artículo “Cañahuate amarillo: patrimonio efímero del área metropolitana de Cúcuta”, cita cifras del mismo instituto: una hectárea de bosque seco maduro puede almacenar entre 60 y 230 toneladas de carbono, frente a apenas 10 a 30 toneladas en una sabana o un potrero. La diferencia, en cualquiera de los extremos del rango, es abismal.

A eso se suman otros aportes en los que ambas fuentes coinciden en que el árbol es refugio de aves como el toche y el turpial, de insectos polinizadores y de mamíferos como los armadillos. Sus raíces, junto a los cactus y rastrojos del bosque seco, funcionan como una barrera biomecánica que evita deslizamientos en las laderas; y el conjunto del ecosistema actúa como una esponja hidrológica que alimenta los acuíferos y regula el caudal de los ríos Pamplonita, Táchira y Zulia.

Es precisamente ese contraste el que la arquitecta Mendoza Varela resume con una frase que da título a su artículo: un “patrimonio efímero” que la ciudad celebra veinte días al año y descuida los trescientos cuarenta y cinco restantes.

 

Un blindaje legal que se borró con el tiempo

Ese descuido tiene nombre y fecha. Desde 1998, Colombia se comprometió internacionalmente a proteger los bosques secos mediante la Ley 461, en el marco de Convención de Naciones Unidas contra la desertificación.

En el ámbito local, el Acuerdo 083 de 2001, que ajustó el Plan de Ordenamiento Territorial de Cúcuta, blindó inicialmente estos suelos como áreas de protección.

Pero eso no se mantuvo. Según documenta Mendoza Varela, las reformas del POT en 2011, 2012 y 2019 reclasificaron sistemáticamente esos suelos, que pasaron de “áreas de protección” a “suelos de expansión urbana”.

Sectores como Las Lomas, la vía desde Pinar del Río hacia el anillo vial de Los Patios y la terraza donde convergen los ríos Táchira y Pamplonita se transformaron, en sus palabras, de santuarios ecológicos en zonas de riesgo geotécnico y ambiental. 

El docente Carvajal coincide en el diagnóstico desde su propia experiencia en campo: describe el estado actual del bosque seco tropical de la región como de “cuidados intensivos”, y señala que la mayoría de los parques de la ciudad carecen de mantenimiento o de una entidad responsable, lo que hace casi imposible sostener programas de reforestación con especies nativas de crecimiento lento como el cañaguate. 

 

La responsabilidad que también nos toca

Mendoza Varela añade un matiz incómodo pero necesario, la responsabilidad no es solo institucional. Describe una ciudadanía que se entusiasma con el paisaje en redes sociales durante un par de semanas al año, pero guarda silencio ante la tala cotidiana en su propio barrio, y que ha normalizado el calor extremo como si fuera ajeno a las decisiones colectivas sobre el territorio. Las mismas personas que fotografían el cañaguate en agosto pueden estar, sin saberlo, validando con su indiferencia la desaparición del ecosistema que hace posible esa fotografía.

 

Las salidas que se proponen

Frente a este panorama, ambas fuentes convergen en una misma propuesta, el declarar el bosque seco tropical del nororiente colombiano como Reserva de la biósfera ante la UNESCO.

La ventaja de esta figura es que opera a nivel internacional, lo que la hace mucho más difícil de revertir que una norma local, como ha demostrado la historia reciente del POT de Cúcuta.

María Consuelo Mendoza Varela sostiene que esta declaratoria no sería solo una medida de conservación, sino una oportunidad real de desarrollo, el convertir a la región en un centro de investigación sobre adaptación al cambio climático, capaz de atraer fondos internacionales, economías verdes y turismo científico.

El cañaguate volverá a florecer el próximo año, con lluvia o sin ella, con El Niño o sin él. La pregunta que deja esta investigación es cuántas floraciones más podrá dar un ecosistema que, según quienes llevan años estudiándolo de cerca, sigue vivo a pesar de nosotros, y no gracias a nosotros.


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