Si de ganarse el pan de cada día se trata, Manuel Parra es un experto, aunque más que ganárselo, lo entrega a los consumidores de Villa del Rosario, La Parada y Los Patios para obtener algo de ganancia y seguir su vida tras haber sido deportado.
Manuel salió de Venezuela en octubre de 2015 y al verse sin nada, con su pareja del otro lado, pero con las obligaciones encima, se vinculó a las capacitaciones del Sena que se dieron durante aquella difícil época.
Estudió manipulación de alimentos, fue entrenado en proyecto de vida y aprendió cómo hacer embutidos, pero actualmente solo puede repartir el pan de un negocio que tiene su tía, Josefina Ruiz, en Villa del Rosario.
La señora Josefina también es damnificada del cierre de frontera, y aunque no fue deportada, sí tenía un negocio en La Parada que dejó de ser productivo.
Lo cambió todo por una panadería, y a sus 71 años se animó a estudiar durante un par de meses, cumpliendo su sueño de dedicarse a la cocina.
Conserva los cartones que le dieron y madruga con su hijo, Jhon Ruiz, a vigilar la producción que asciende a 150 bolsas de pan, las cuales entrega su sobrino todos los días en el carro de la familia.
Cree que tiene buena espalda, pues la panadería está por cumplir tres meses de haber comenzado, y ya compró su segundo horno; sin embargo ella, como sus empleados y familiares, esperan más ayuda para subsistir.
Aunque subsistir no es la palabra más adecuada, según dicen ella, Manuel y Jhon, sino trabajar como se debe y no esperar nada regalado.
Eso es lo que hacen: no aguantar hasta que las monedas caigan de selectivas manos que rebuscan en un bolsillo, o las acomoden en un subsidio.
Según sus cálculos, más que un auxilio en dinero les urge ampliar la producción, porque el negocio va bien.
“Queremos cambiar los hornos convencionales por uno, o dos rotatorios que ahorran gas”, dice Jhon.
“Ojalá nos dieran una motocarga, para facilitarle el trabajo al muchacho que reparte el pan, y una batidora porque no hemos podido empezar con la repostería por falta de la herramienta”, cuenta suspirando Josefina.
Como buenos emprendedores, quieren formalizar una asociación con todos los afectados por el cierre de frontera, 580 en total, de los cuales 235 están capacitados y certificados por el Sena.
Todos, dicen, consideran que no se les ha tenido en cuenta, pese a tener vocación de trabajo legal y sin excusas.
La panadería ya está formalizada, y Josefina sí quiere poner a trabajar más gente, deportada o no, pero sin el amparo del gobierno, es complicado.
“Hay las ideas, hay quiénes trabajen pero sentimos como si nos hubiesen ilusionado para dejarnos sin piso”, afirma Jhon. “Si el gobierno no empieza a invertir en la economía, por lo menos en Villa del Rosario, a fin de año esto colapsa”.
Zapatos que hacen camino
Jaime Restrepo Carmona es el típico paisa ‘echado ‘pa’lante’ y convencido de que nada lo puede dejar morir; ni siquiera la deportación.
Tal vez por eso es un andariego que se hace sus propios zapatos, sandalias y tenis junto a su socio, Alejandro Rodríguez, un cordobés que lleva más de dos décadas en Villa del Rosario.
Jaime, por su parte, vive en estas tierras desde hace 35 años, y aunque dice que su carrera como zapatero se impulsó en Bucaramanga, es en Norte de Santander donde la vida le sonrió, hasta que fue expulsado de Venezuela.
“Me dijeron que era mejor trabajar acá y, para qué, me ha ido bien”, afirma entusiasmado.
Durante varios años pasó sin inconveniente la frontera. Conoce San Cristóbal, Ureña, San Antonio y en este último sitio tenía “una piecita arrendada” donde no sabe si aún permanecen su televisor, su cama y su grabadora.
“Yo no sé si eso se perdió, o lo cogieron pa’ pagarse el arriendo”, cuenta, pero no se le ve melancólico por no tener rastro de lo que adquirió con sus zapatos, sino que mejor enfoca su energía en convencer a la clientela local de comprar su trabajo.
Pareciera que pasa por alto el haber salido hambriento, un sábado, sin tener a dónde ir, luego de que lo retuviera la Guardia Nacional Bolivariana a las 6 de la mañana del 22 de agosto de 2015, cuando iba a armar nuevos modelos para los pies que los necesitaran.
Con él, ese día, abandonaron el país casi 300 personas de las que tampoco recuerda mucho. Él vive por y para calzar, y critica que algunos de ellos solo esperen “que les den plata”.
Actualmente tiene dos máquinas y calcula que con dos o tres millones de pesos alcanzaría a comprar dos docenas de hormas y le sobraría para comprar molduras.
“¿Yo? Yo me reiría con esas dos docenitas, porque alcanzan para hacer entre 10 y 15 pares a la semana. Me faltaría el cliente, y alguien que me guarnezca”, dice.
Si bien le gustaría darle empleo a una persona que lo necesite, “como a una muchacha que tenga obligación y que me organice los zapatos y los limpie”, insiste en que tal vez algunos de sus compañeros deportados no son la mejor opción por estar “mal enseñados”.
Mientras, él y su compañero esperan mantener la meta que cumplieron en diciembre: casi un millón de pesos vendidos, la cabeza baja y una sonrisa cómplice, porque al mirar al piso en las fiestas de fin de año se enorgullecían de ver sus creaciones en los pies de todos sus vecinos, en el barrio Páramo.
La nueva ilusión
Hace una semana, la alcaldía de Villa del Rosario fue el escenario de encuentro entre la Cancillería, Migración Colombia, la Organización Internacional para las Migraciones y deportados con iniciativas de negocio que ya estuviesen en marcha.
El objetivo era identificar quiénes necesitaban apoyo para continuar con sus microempresas y generar empleo para sus homólogos, u otras personas que lo necesiten.
A la reunión acudieron cerca de 300 personas. Se rumoró que algunos ni siquiera habían sido sacados del vecino país y que tal vez no necesitaban ayuda en especie, pues estaban habituados a una vida relativamente holgada con poco esfuerzo.
Si bien los rumores solo fueron una mínima alarma en el cuchicheo de discretos veedores, algo se demostró: de la multitudinaria reunión quedó una decena de microempresarios, y los primeros salieron refunfuñando porque no les dieron nada.
Josefina, Jhon y Jaime, solo esperan el anhelado ‘empujoncito’ y no solo una ilusión, o un improvisado mercado lleno de gorgojos como el que les entregaron el año anterior; esperan una semilla sana para que su optimismo no se pierda en medio de tantas promesas y la voluntad de trabajar.
*Helena Sánchez | helena.sanchez@laopinion.com.co
