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Especial | El domingo en que Gusmán no volvió a casa: la búsqueda de un colombiano detenido en Venezuela
El 11 de octubre de 2015, Gusmán Humberto Ramírez Angarita salió de su casa en Venezuela para trabajar como mototaxista y nunca regresó. Once años después, una llamada desde prisión le confirmó a su madre que seguía vivo. Esta es su historia:
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Deicy Sifontes
Deicy Sifontes
Domingo, 11 de Octubre de 2026

El domingo 11 de octubre de 2015, Gusmán Humberto Ramírez Angarita salió de su casa en Pedro María Ureña, estado Táchira, Venezuela, para trabajar como mototaxista. Nunca volvió.

Hoy, exactamente 11 años después, su madre, Miriam del Carmen Angarita Ortega, de 68 años, todavía lo espera. De él solo conserva una pequeña fotografía, que rescató de la billetera de su esposo. En esa imagen gastada se apoya su esperanza de volver a abrazarlo y decirle cuánto lo ama.

El día que lo cambió todo

“Mami, me voy a trabajar”. Esas fueron las últimas palabras que escuchó de su hijo aquella mañana.

Gusmán tenía 27 años y era el cuarto de cinco hermanos: tres mujeres y dos hombres. Era un joven trabajador que llevaba varios años dedicado al mototaxismo, una labor con la que se ganaba la vida en una ciudad fronteriza que para entonces también era el hogar de su familia.


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Los Ramírez Angarita son colombianos que llevaban varios años viviendo en Ureña. La decisión de cruzar la frontera y establecerse allí había estado relacionada con una situación económica que, en ese momento, encontraban más estable.

Pero cuando Gusmán desapareció, la frontera entre Colombia y Venezuela atravesaba uno de sus momentos más tensos.

El 19 de agosto de 2015, Nicolás Maduro había ordenado el cierre del paso fronterizo en el estado Táchira, después de un ataque contra militares venezolanos. El Gobierno de Venezuela justificó la medida como parte de una ofensiva contra el contrabando y grupos armados en la zona.

Cuando Gusmán salió a trabajar aquel domingo de octubre, habían pasado un mes y 22 días desde el cierre de la frontera. 

 

El día que dejó de regresar

Miriam recuerda que estaba sentada afuera de la casa cuando vio salir a su hijo.

—Mami, me voy.

— ¿A dónde va?

—A trabajar.

Ella le respondió como tantas otras veces:

—Bueno. Que Dios me lo cuide y me lo proteja.

No imaginaba que aquella despedida se convertiría en la última. Pasó el domingo y Gusmán no regresó.

Llegó el lunes 12 de octubre y la ausencia comenzó a sentirse diferente. Una corazonada de madre llevó a Miriam a preguntar por él. La mujer con la que Gusmán tenía una relación tampoco sabía dónde estaba.

La búsqueda llevó a la familia hasta San Antonio del Táchira. Allí comenzaron a escuchar que varios jóvenes habían sido detenidos por militares venezolanos. Una de las hijas de Miriam fue a buscar información.


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Según el relato de la madre, allí le dijeron que Gusmán había sido detenido y que permanecía bajo custodia de militares. También recibió una advertencia que marcaría los siguientes años de su vida: que no gritara, que no lo llamara y que permaneciera quieta, porque él podía “rebelarse” y podían matarlo.

La familia no sabía por qué se lo habían llevado, tampoco recibió una explicación sobre los motivos de su detención y cuentan que nunca se inició un proceso judicial. Fue así como, con el pasar de los días, perdieron el rastro de su ser querido.

Pero, una semana después de la desaparición de Gusmán, un abogado se comunicó con Miriam y le pidió $20 millones para, supuestamente, conseguir la libertad de su hijo. Según le dijo, el joven estaba recluido en El Helicoide, en Caracas, Venezuela. Ella le explicó que no tenía ese dinero y la respuesta que recibió, según recuerda, fue todavía más dolorosa: que no denunciara y que diera a su hijo por muerto.

“Me quedé callada mucho tiempo porque me llamaban y me decían que si yo hablaba, el que pagaba era mi hijo y no volví a denunciar”, señaló doña Miriam.

Durante años, sus gestiones estuvieron relacionadas principalmente con la Cancillería y con las solicitudes de información sobre su hijo. Pero el tiempo pasó y las respuestas que esperaba nunca llegaron.

 

La vida se le fue rompiendo

Mientras Miriam buscaba a Gusmán, su propia vida comenzó a desmoronarse por otros frentes.

Su esposo enfermó gravemente y la familia tuvo que sacarlo de Venezuela por una trocha porque, en medio del cierre fronterizo, no pudieron trasladarlo de manera convencional. El hombre, que había compartido más de 40 años de vida con Miriam, quedó completamente dependiente. Había que bañarlo, vestirlo y cuidarlo.

Pero incluso en medio de su enfermedad, había algo que seguía esperando: quería volver a ver a su hijo y no pudo. El esposo de Miriam murió sin tener la certeza de qué había ocurrido con Gusmán.


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“Cuando él murió quedé con dos duelos. Yo hacía a mi hijo muerto y la muerte de mi esposo. Eso ha sido muy doloroso para mí”, cuenta entre sollozos Miriam.

A ese dolor se sumaron otras pérdidas. La casa que tenía en Venezuela se incendió y, en otra vivienda, ubicada en el sector de Manuela Beltrán, una inundación acabó con sus pertenencias. 

Y así, en medio de tantas ausencias, Miriam tuvo que aprender a seguir adelante mientras mantenía viva la esperanza de encontrar a su hijo.

 

Llegó una pista 

En 2025, casi una década después de aquella despedida, una noticia comenzó a cambiar nuevamente la historia.

Miriam, junto con otros familiares de colombianos detenidos en Venezuela, hizo parte del movimiento que se fue formando para mantener vivos los casos, exigir respuestas y reclamar información sobre sus seres queridos. Las familias comenzaron a reunirse, a compartir los datos que lograban obtener y a llevar consigo las fotografías de quienes seguían detrás de las rejas.

Por eso, el 24 de octubre de 2025 quedó marcado como un día distinto. Ese día, 17 de los 40 colombianos que permanecían detenidos en la cárcel El Rodeo I, a 50 kilómetros de Caracas, recuperaron la libertad, en medio de un operativo especial que tuvo como escenario el puente internacional Atanasio Girardot, que comunica el área metropolitana de Cúcuta con el sector de Tienditas, en Táchira.


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Pero, para las familias, aquellas liberaciones también dejaron una pregunta abierta: ¿qué pasaba con quienes no habían regresado? La salida de algunos detenidos permitió confirmar que otros colombianos seguían con vida y que sus casos continuaban pendientes. Entre ellos estaba Gusmán Humberto Ramírez Angarita.

Fue entonces cuando una información que llegó a los familiares volvió a encender, después de una década, una esperanza que Miriam se había negado a perder. Tras las liberaciones, algunas personas le hicieron saber que en el listado de detenidos aparecía un hombre identificado como Gusmán Humberto Ramírez, quien estaría recluido en El Rodeo II.

Para Miriam, escuchar nuevamente el nombre de su hijo fue “la alegría más grande” y significó algo más que un dato, ya que, después de años sin una prueba de vida y sin saber con certeza dónde estaba, aquella información abría la posibilidad de que Gusmán siguiera vivo.

Aunque la incertidumbre no desapareció, por primera vez en mucho tiempo, había una pista que podía seguir.

 

La voz que confirmó que seguía vivo

Ocho meses después de llegarle la noticia de que su hijo podía estar vivo, los ojos y el corazón de Miriam aún no lo veían desde aquella mañana del 11 de octubre de 2015,  ni tampoco se sabía con certeza cómo se encontraba. La información que había recibido en 2025 le había devuelto la esperanza, pero todavía le faltaba escuchar su voz.

Ese momento llegó en junio de 2026, después del doble terremoto ocurrido en Venezuela, cuando un periodista que conocía su caso, le proporcionó un número de la Cruz Roja Internacional para que pudiera pedir ayuda y saber si su hijo se encontraba en alguna lista de víctimas o sobrevivientes.

Miriam envió un audio y esperó. Pasaron unos 45 minutos. Entonces, al otro lado del teléfono, escuchó una voz que llevaba casi once años esperando. Era Gusmán.


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“¡Mami, ayúdame…!”, le dijo, según recuerda Miriam. Durante la comunicación, su hijo también le contó que se encontraba delicado de salud y que, al caminar, sentía que se caía.

Aquella conversación duró poco, pero para Miriam significó recuperar algo que durante años le había sido negado: la certeza de que su hijo seguía vivo. Después de casi once años de silencio, había vuelto a escuchar su voz.

Días después, desde la cárcel, Gusmán volvió a comunicarse con su mamá, pero aquella llamada significó enfrentarse a una noticia que él todavía desconocía: su padre había muerto.

“Me preguntó por el papá y yo dije que era mejor una verdad dolorosa que una mentira piadosa. Le dije que ya el papá tenía 4 años y piquito de muerto. Él se puso a llorar y le dije que tranquilo, que aquí estaba yo guerreando por él y más ahora que sé que está vivo, pero desde ese día no he vuelto a saber nada de mi hijo”, contó Miriam.

 

 

El miedo de convertirse en otra Carmen Navas 

Hay una historia que Miriam del Carmen Angarita Ortega no puede sacar de su mente. Es la de Carmen Teresa Navas, una madre venezolana que pasó meses buscando a su hijo, Víctor Hugo Quero Navas, detenido en enero de 2025. Su caso se convirtió en un símbolo del sufrimiento de las familias que buscan a sus seres queridos privados de la libertad y que, durante meses, no reciben respuestas sobre su paradero.

El 7 de mayo de 2026, Carmen recibió la noticia que tanto temía: su hijo había muerto bajo custodia del Estado venezolano en julio de 2025 y había sido enterrado sin que su familia fuera informada. Diez días después, el 17 de mayo, ella también murió.


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La historia de Carmen representa para Miriam tanto un ejemplo de resistencia como el desenlace que más teme para su propia vida. A sus 68 años, mientras continúa buscando a Gusmán Humberto Ramírez Angarita, no quiere que la incertidumbre termine arrebatándole la posibilidad de volver a abrazarlo. Tampoco quiere que su hijo salga de prisión y se encuentre con que ella ya no está.

"No quiero que me entreguen a mi hijo muerto en un ataúd y tampoco quiero que cuando mi hijo salga me encuentre muerta", dice Miriam.

 

El abrazo que todavía espera

Hoy, Miriam vive sola en su humilde hogar. Sus otros hijos están en distintos lugares y, en medio de esa distancia familiar, tres gatos se han convertido en su compañía cotidiana. Con ellos transcurren los días, mientras ella continúa esperando noticias de Gusmán.

En noviembre cumplirá 69 años. Su hijo, aquel joven de 27 años que salió a trabajar una mañana de octubre de 2015, cumplió 38 el pasado 17 de junio. Los años han pasado para ambos, pero siguen separados por una distancia que Miriam todavía sueña con acortar.

Cuando piensa en su próximo cumpleaños, no habla de celebraciones ni de regalos. Si pudiera pedir un deseo, sería sencillo: volver a ver a su hijo, abrazarlo, saber que está bien y tenerlo nuevamente frente a ella.

También espera que las autoridades colombianas logren intervenir para que los colombianos que aún permanecen detenidos en Venezuela puedan regresar al país. Su petición, insiste, no es solo por Gusmán, sino también por las familias que llevan años esperando respuestas.


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Miriam reconoce que tiene miedo de cruzar nuevamente hacia Venezuela por su edad, su estado de salud y la falta de recursos económicos. Por eso imagina otro escenario para el reencuentro: el puente internacional, donde otros familiares han recibido a sus seres queridos después de años de separación.

Sueña con que algún día reciba una llamada y le digan que debe ir a buscar a Gusmán.

Si pudiera tenerlo hoy frente a ella, no necesitaría explicarle los once años de espera, las llamadas que nunca llegaron, los trámites, los plantones ni las pérdidas. Solo querría abrazarlo y decirle:

“Te amo, hijo. Te amo con todo mi corazón. Deseo tenerte muy pronto en mis brazos”, dice Miriam, con lágrimas en los ojos y la pequeña fotografía arrugada entre las manos.

La imagen sobrevivió al fuego, al agua y a tantas pérdidas. En ella permanece el rostro del hijo al que Miriam no ha dejado de buscar. Porque, para ella, la historia de Gusmán no ha terminado.

Su hijo salió a trabajar aquel domingo. Y ella todavía espera que algún domingo vuelva a casa.

 

Nubia, la mujer que decidió seguir buscando

Miriam no ha hecho este camino completamente sola. Durante los años de búsqueda encontró en otras familias un espacio para compartir el dolor y exigir respuestas. Entre esas personas está Nubia Misse, cuyo hermano también estuvo detenido en Venezuela y quien terminó convirtiéndose, para Miriam, en uno de sus principales apoyos.

Nubia llegó al movimiento de familiares después de conocer las historias de otros colombianos detenidos. Viajó a Bogotá tras enterarse de una convocatoria y allí se encontró con familias que, como ella, buscaban respuestas. Lo que comenzó con unos pocos casos fue creciendo a medida que aparecían nuevos nombres, incluidos varios de Cúcuta y Norte de Santander.

“Desde un principio nunca fue uno, fue una familia. Todos nos volvimos hermanos”, cuenta.

Ella conoce lo que significa buscar a alguien sin saber siquiera dónde está. Su hermano, también mototaxista, fue detenido en septiembre de 2024 mientras hacía una carrera en la frontera. Durante días, la familia recorrió diferentes cárceles tratando de encontrarlo. Preguntaron en Caracas, San Cristóbal y otros centros de reclusión, pero no aparecía en ningún lado.

Hasta que su madre llegó a El Rodeo I. Después de insistir y permanecer allí, finalmente le confirmaron que estaba detenido. Su hermano alcanzó a enviar un mensaje: había más colombianos con él. Así, una búsqueda individual terminó revelando que otros familiares que también creían desaparecidos estaban en la misma prisión.

La experiencia terminó convirtiendo a Nubia en una de las personas que más acompañó a las demás familias. Y cuando el 24 de octubre de 2025 llegó la liberación de un grupo de colombianos detenidos, ella pudo vivir el reencuentro que tantas veces había imaginado: su hermano regresó a Colombia.


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Pero Nubia no se fue. La alegría de recuperar a su hermano convivió con la preocupación por quienes se quedaron atrás. Según explica, de los casos que acompañaban, más de la mitad continuaron sin resolverse. Entre ellos hay adultos mayores y personas cuyo estado de salud preocupa a sus familias.

Para Nubia, la liberación de su hermano no significó el final de la lucha, sino una razón más para continuar. Ella sabe lo que cambia una familia cuando finalmente vuelve a escuchar la voz de un ser querido y puede abrazarlo. También sabe lo que significa regresar a casa después de una experiencia que, según relata, dejó en su hermano secuelas físicas y psicológicas. Por eso siguió al lado de Miriam y de las demás familias.

Fue así como también ha acompañado de cerca el caso de Gusmán Humberto Ramírez Angarita. Después de las liberaciones de octubre, comenzaron a conocer información sobre su paradero.

Según Nubia, lo que se sabe es que Gusmán está vivo y permanece en El Rodeo II. Cuenta que al revisar los registros disponibles, encontraron una diferencia que les llamó la atención: aunque Miriam lleva cerca de once años buscando a su hijo, en los registros consultados el proceso judicial de Gusmán solo refleja tres años.

Es decir, el tiempo que aparece asociado a su proceso no coincide con los años que la familia lleva sin saber de él. 
A esa inquietud se suman los cargos que, según Nubia, le atribuyen a Gusmán: terrorismo, concierto para delinquir, traición a la patria y paramilitarismo. Las familias cuestionan esas acusaciones y aseguran que no han recibido explicaciones claras ni conocen pruebas que les permitan comprender por qué se le imputan esos delitos.

Aunque el panorama es complejo, para Miriam, aquella información ha significado más que una noticia. Después de años sin saber qué había ocurrido con su hijo, ha vuelto a tener un nombre, un lugar y una posibilidad.

 

NUBIA MISSE

 

Nubia también ha ayudado a mantener esa esperanza.

La mujer que alguna vez estuvo al otro lado de una búsqueda ahora acompaña a otras madres, esposas, hermanos e hijos que todavía esperan. Sabe que algunas familias han tenido que soportar Navidades y cumpleaños sin sus seres queridos y sin siquiera poder escuchar sus voces. “Somos familias unidas por un solo dolor”, dice.

Por eso, aunque su hermano ya está en casa, Nubia continúa reclamando que las autoridades colombianas escuchen a quienes todavía esperan. El movimiento ha enviado solicitudes y ha realizado plantones y cierres del puente internacional para llamar la atención sobre los casos. Ahora, reconoce, las condiciones de seguridad en Norte de Santander y las dificultades económicas de las familias han hecho más difícil volver a movilizarse, pero asegura que la lucha continuará.

Ella ya sabe lo que significa recibir de vuelta a un ser querido. Miriam todavía espera vivir ese momento.

 

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