En una gran jornada de atención, 500 víctimas de la guerra recibieron igual número de cartas de indemnización, por parte de la Unidad de Atención y Reparación a las Víctimas.
Si bien la satisfacción de las víctimas es compleja y demorada, para algunas de ellas es una oportunidad para mejorar su vida.
María*, por ejemplo, vio morir a sus padres mientras esperaban la indemnización por el homicidio de su hermano y lamenta que su mamá falleciera desnutrida, “cuando con ese dinero, de pronto, hubiera podido mantenerla mejor”.
En total, recibió 23 millones de pesos, que serán repartidos en un proceso de sucesión con sus tres hermanos y una parte irá para la abogada que atendió el caso.
“Se me hace raro porque entiendo que el dinero de las víctimas es una reparación, no una herencia, pero al menos servirá para mi fábrica de ropa”, dijo.
Por su parte, Miguel*, desplazado de Campo Dos, en Tibú, mientras recuerda la muerte de tres de sus cuatro hijos, a manos de las autodefensas, las Farc y el ELN, espera lo que le vayan a dar.
“No sé cuánto es”, comenta el hombre de 72 años, que declaró desde 2002 los hechos que desmoronaron a su familia.
“Primero mataron a Luisito los ‘elenos’, y después las autodefensas mataron a Miguel Ángel, que era escolta, y los masacraron a tiros...”, contó.
Para Saniel Peñaranda, director de la Unidad, “esta es una situación contradictoria y hubiéramos preferido que la violencia no fuera la causante de las indemnizaciones, pero ante lo que pasó cumplimos con la labor de reparar parte del daño causado”.
La Opinión