Los recientes terremotos ocurridos en Venezuela que dejan, hasta los momentos, más de 2.500 personas fallecidas, son una muestra de lo vulnerable que somos cuando estamos en zonas altamente sísmicas y habitando en edificaciones que no cumplen con la normatividad antisísmica.
Colombia y el país vecino comparten una serie de fallas geológicas de gran importancia que interactúan entre sí.
Ambas naciones comparten un sistema complejo de fallas activas asociado a la interacción entre la placa del Caribe y la placa Suramericana.
Camilo Rivera, geólogo con experiencia en gestión del riesgo, explica que “en la región fronteriza, las estructuras más importantes corresponden al sistema de fallas de Boconó, que constituye una de las principales estructuras geológicas del occidente venezolano, y al Sistema de Fallas Aguas Calientes, ubicado en la región de Cúcuta y San Antonio del Táchira, considerado la prolongación estructural del extremo noroccidental del sistema de Boconó”,
Pero, además, agrega que a estas se suman otras como las fallas de Cúcuta, Tasajero, Mercedes y Capacho –todas activas- “que forman parte de un corredor tectónico donde la deformación cortical continúa activa. En conjunto, estas fallas acomodan parte del desplazamiento relativo entre la placa del Caribe y la placa Suramericana y son responsables de buena parte de la actividad sísmica superficial registrada en la frontera colombo-venezolana”.
El especialista cucuteño señala que el sistema de fallas de Boconó se desarrolla a lo largo de toda la cordillera de Mérida, en Venezuela. “Esta tiene una longitud cercana a los 500 kilómetros, desde el estado Táchira hacia el centro-occidente venezolano. En su extremo suroccidental se conecta estructuralmente con el sistema de fallas Aguas Calientes, que se extiende a ambos lados de la frontera entre Norte de Santander y el estado Táchira”, detalla Rivera.
El geólogo explica que estas estructuras atraviesan regiones densamente pobladas donde se localizan ciudades como Cúcuta, Villa del Rosario, Los Patios, San Antonio del Táchira y San Cristóbal.
“Su ubicación dentro de un corredor tectónicamente activo hace que tengan una importancia particular para la evaluación de la amenaza sísmica en ambos países”.
La Guaira fue la zona más afectada a causa de los movimientos telúricos. Foto: Carlos Ramírez / La Opinión.
Su importancia radica en que estas fallas al presentarse los desplazamientos que ocurren a “velocidades de algunos milímetros a centímetros por año, pero al mantenerse durante muchos años produce importantes esfuerzos que eventualmente son liberados mediante terremotos”.
Estas estructuras controlan la actividad sísmica de la región, pero también influyen en la evolución geológica del extremo norte de la cordillera oriental y de la cordillera de Mérida, “condicionando el relieve, el drenaje y la distribución de numerosas unidades geológicas. Desde el punto de vista científico, constituyen uno de los sistemas tectónicos mejor desarrollados del norte de los Andes”.
Rivera puntualizó que a pesar de que estas fallas se encuentren activas no significa que se vaya a producir un gran terremoto en el corto plazo, “sino que continúa acumulando y liberando esfuerzos como parte de la dinámica natural de la corteza terrestre”.
Acotó: “no existe un método científico que permita establecer cuándo ocurrirá un terremoto ni asignar una probabilidad inmediata a un evento específico”.
Sin embargo, el geólogo explica que lo sí es cierto es que estas fallas poseen el potencial geológico para generar terremotos importantes, tal como el ocurrido en Cúcuta en 1875.
“La evaluación de la amenaza sísmica no se basa en predecir un terremoto, sino en reconocer que estas estructuras son capaces de producir eventos significativos y que, por tanto, las ciudades ubicadas en su entorno deben planificarse considerando ese escenario”, explica.
Camilo Rivera, geólogo con experiencia en gestión del riesgo, señaló que las zonas más expuestas, frente a un eventual sismo, serían aquellas que se encuentran ubicadas cercanas a estos sistemas de fallas activas, pero además donde existe una alta concentración de población e infraestructura.
En Colombia, esto incluye principalmente el área metropolitana de Cúcuta y otros municipios del departamento de Norte de Santander.
Mientras que en Venezuela, la mayor exposición está en el estado Táchira y en sectores de Mérida y Trujillo, asociados al sistema de fallas de Boconó.
Rivera precisó que la vulnerabilidad no depende únicamente de la distancia a la falla, sino también de otros factores como: características del suelo, la calidad de las edificaciones, la densidad urbana y la preparación institucional. “Todos influyen de manera determinante en los efectos que puede producir un terremoto”, dijo.
Las fallas geológicas compartidas entre Colombia y Venezuela pueden generar sismos con impacto en ambos países. Sobre este particular precisa Rivera que cuando un movimiento ocurre sobre uno de estos sistemas tectónicos, las ondas sísmicas se propagan en todas las direcciones y pueden sentirse a ambos lados de la frontera, como ocurrió con el terremoto de Cúcuta de 1875 y, en menor medida, con otros eventos registrados posteriormente en la región.
Sin embargo, la magnitud de los daños y la intensidad con la que se percibe un sismo varían según la distancia al epicentro, las características geológicas del terreno y la calidad de las construcciones en cada localidad.
Centenares de personas se han vinculado a las operaciones de búsqueda de sobrevivientes entre los escombros. Foto: Carlos Ramírez / La Opinión.
Las consecuencias
Las consecuencias dependen de la magnitud del evento, la profundidad del foco, la distancia al epicentro y las condiciones locales del terreno.
Sobre este aspecto, el geólogo precisa que entre los efectos más importantes se encuentran daños estructurales en edificaciones, afectaciones a puentes y vías, interrupción de servicios públicos, alteraciones en hospitales y centros educativos y posibles pérdidas humanas si las construcciones no cumplen criterios adecuados de diseño sismorresistente.
“En ciudades como Cúcuta, donde existen diferentes tipos de depósitos geológicos superficiales, también pueden presentarse variaciones importantes en la intensidad del movimiento entre distintos sectores urbanos”, indica.
Pero, además, Rivera expuso que estos movimientos telúricos pueden desencadenar diversos efectos secundario como: movimientos en masa en zonas de ladera, caída de rocas, agrietamientos del terreno, daños en redes de acueducto, alcantarillado, energía y telecomunicaciones, así como interrupciones en la movilidad por afectación de puentes o carreteras.
“En algunos sectores donde predominan depósitos no consolidados también pueden presentarse fenómenos como asentamientos diferenciales o, bajo determinadas condiciones hidrogeológicas, procesos de licuación de suelos.
Por esta razón, la evaluación del riesgo sísmico no debe limitarse únicamente a las edificaciones, sino considerar el funcionamiento integral de la ciudad”, especifica.