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El huerfanito
Por el lado de la ganadería, el panorama es igual de desalentador.
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Sábado, 19 de Septiembre de 2026

El fenómeno de El Niño no es un simple capricho del clima; para la economía colombiana es, literalmente, llover sobre mojado... pero al revés. Cuando este visitante indeseado llega sin invitación, no solo secó los ríos, sino que le prende fuego directo a la billetera de los ciudadanos. La escasez de agua le mete un frenazo en seco al sector agropecuario, provocando un choque de oferta donde la comida termina valiendo un ojo de la cara y la inflación se dispara sin pedirle permiso a nadie.

El campo es siempre el primer sacrificado en esta hoguera. Mientras los ríos parecen quebradas secas y la tierra se cuartea como un chicharrón olvidado, cultivos de primera necesidad como la papa, el maíz y las verduras sufren un estrés hídrico implacable. Las cosechas se reducen drásticamente y, en Corabastos o cualquier plaza de mercado del país, la ley de la oferta y la demanda hace de las suyas: a menor cantidad de bultos, más caro el kilo. Paradójicamente, la verdura termina cotizándose como si fuera oro en polvo.

Por el lado de la ganadería, el panorama es igual de desalentador. Sin pasto verde que morder, a las vacas no les queda más que chupar gordo y pasar amarguras. El ganado pierde peso a pasos agigantados y la producción de leche se desploma, encareciendo el queso, la carne y el tinto de las mañanas. Para rematar la fiesta, como los embalses bajan su nivel, la energía eléctrica sube de precio. Mantener la cadena de frío para conservar la poca comida producida termina saliendo más caro el caldo que las albóndigas, un costo que, para variación, termina pagando el consumidor final.

Con el rubro de alimentos representando casi la quinta parte del gasto de los hogares, cada alza en la yuca o el plátano le da una estocada directa al bolsillo familiar. Los analistas prevén que este sofocón climático puede añadirle hasta 3,2 puntos porcentuales a la inflación general, mandando las proyecciones del Banco de la República a cantar a otra parte y dejando a la gente haciendo de tripas corazón para llegar a fin de mes.

Frente a semejante incendio, el Gobierno intenta apagar el fuego con pañitos de agua tibia y promesas de choque. Entre los salvavidas anunciados están el control de precios a los insumos agrícolas —para evitar que los especuladores hagan su agosto en plena sequía— y la refinanciación de las deudas de los campesinos a través de Finagro, buscando que los pequeños productores no terminen con el agua al cuello.

Si estas medidas no se ejecutan con precisión quirúrgica y sin tanta burocracia, el costo de vida seguirá por las nubes. Al final del día, mientras el Gobierno ajusta sus hojas de cálculo y el clima no da tregua, al pueblo colombiano no le queda otra opción que apretarse el cinturón y contemplar cómo el bolsillo golpeado se convierte en el huerfanito de la economía: un desamparado que todos ven pasar con lástima, pero del que absolutamente nadie se quiere hacer cargo.


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