Ubicado en el suroccidente de Cúcuta, específicamente en la comuna 9, se encuentra el barrio María Teresa, un sector que lleva 20 años de existencia y que, con el esfuerzo de sus habitantes y el apoyo de fundaciones, ha salido adelante a pesar de las dificultades que ha enfrentado. Ante estas carencias, sus habitantes hacen un llamado a los mandatarios y a las entidades públicas para que los ayuden a mejorar sus condiciones de vida.
La historia del barrio comenzó en 2006, bajo el nombre de Springfield, cuando familias colombianas y venezolanas empezaron a comprar lotes y a construir sus casas improvisadas, en una época en la que no contaban con servicio de electricidad ni agua potable.
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A medida que la comunidad fue uniendo esfuerzos y con el apoyo de fundaciones, se construyó el salón comunal, lograron contar con el servicio de energía eléctrica y tuvieron acceso a una pila pública. Con estas y otras acciones, obtuvieron la legalización como barrio en 2017.
“Empezamos con mucha fe nuestro barrio”, declara Rosalba Bayona, una líder que estuvo presente desde el primer día en María Teresa.
Su población está conformada por víctimas del conflicto armado, migrantes venezolanos y miembros de la comunidad barí.
“A veces sufrimos prejuicios por parte de las personas por nuestro barrio”, señalan Doneida Casadiegos y Leidy Contreras, habitantes del sector.
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Grandes logros como comunidad
Este barrio está conformado por cerca de 450 viviendas, donde sus habitantes, como comunidad y con el acompañamiento de fundaciones como Ayuda en Acción, han fortalecido el sentido de unión y solidaridad. Además, en el barrio funcionan negocios como zapaterías, salones de belleza, reposterías y otros emprendimientos.
“Por medio de Ayuda en Acción se han creado emprendimientos para trabajar de forma independiente”, afirma una de las líderes de la Junta de Acción Comunal (JAC). Actualmente, los habitantes trabajan en la construcción de una placa huella que permita mejorar la movilidad dentro del barrio. También han comprado tramos de asfalto para adecuar las calles y facilitar el ingreso de los taxis.
El trabajo comunitario y la resiliencia han permitido impulsar una gran variedad de actividades, como torneos de fútbol, reinados, vendimias y otras iniciativas para recaudar fondos y atender las necesidades que se presentan en el día a día.
“Hemos tenido que salir adelante por medio de nuestros propios medios”, declara Bayona.
A pesar de los avances alcanzados por la comunidad, persisten necesidades como la falta de acueducto, alcantarillado, pavimentación, alumbrado público y un servicio de transporte que facilite el acceso a colegios y puestos de salud.
“Hace falta que el Gobierno mire hacia nuestro barrio”, afirma Bayona, al referirse, entre otras situaciones, a las dificultades que deben enfrentar los niños para llegar a sus colegios.