Hoy el nombre de Matías Luengas Vergel aparece en titulares de todo el país. Logró 500 de 500 en las pruebas Saber 11 de 2026, un puntaje que casi ningún estudiante se atreve a imaginar. Lo que casi nadie ha contado es cómo llegó hasta ahí: quién es el joven detrás del resultado, qué hacía mientras sus compañeros descansaban y por qué hasta sus profesores dicen que ya no saben dónde ponerlo. La Opinión habló con sus padres, su mejor amigo, sus docentes y su rectora. Todos empezaron por la misma historia, ocurrida hace trece años en un salón de jardín.

"Profesora, ahí no dice eso"
Los niños del Colegio Santo Ángel de la Guarda no se estaban portando bien. La profesora, con el tablero de su lado, señaló lo que había escrito y dijo: “como se están portando mal, los voy a castigar. Aquí lo dice”.
Nadie en el salón sabía leer. Nadie, salvo uno.
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Un niño levantó la mano y dijo “profesora, ahí no dice eso. Ahí dice otra cosa”.
Ella quedó desarmada. Su padre, Weimar, lo cuenta hoy como una de las muchas anécdotas de su hijo. Ese niño es Matías, el mismo que años después vería en una pantalla, un jueves al mediodía, un número perfecto.

Las letras en el computador
Para entender cómo un niño de jardín leía lo que su maestra creía que nadie podía leer, hay que retroceder un poco. Sus padres recuerdan que, a los dos años, Matías ya les pedía que prendieran el computador para ver videos de las letras. Nadie se lo exigió, lo movía su propia curiosidad. Después pidió otros videos, los que explicaban cómo suena la b con la i.
“Cuando nos dimos cuenta, a los 3 años ya sabía leer”, cuenta su madre, Liliana. Fue por iniciativa propia, insisten ambos. “A él le nacía”.
Esa curiosidad nunca se apagó. Matías sigue leyendo mucho, con especial interés por los temas actuales del país y del mundo. Delsy Gaona, su profesora de lenguas en primaria, lo recuerda como un estudiante “totalmente íntegro, muy responsable”, con un proceso académico que se destacó año tras año.
Un hogar de trece años
Matías llegó pequeño al Santo Ángel de la Guarda y nunca se fue. Lleva trece años en la misma institución, que él llama “mi segundo hogar”. La rectora, la hermana Dora Inés Montoya Restrepo, lo resume con una imagen del campo: el 500 es una semilla sembrada en jardín que hoy se cosecha en grado once.
El trabajo de esa semilla fue bastante terrenal. Matías cuenta que su rutina empieza a las 6:00 de la mañana y que está en el colegio hasta las 12:30. Después descansa un rato y a las 2:00 de la tarde se sienta a estudiar. Hacia las 4:30 cierra los libros y se va al gimnasio. “No es que esté estudiando todo el día”, aclara, como quien ya ha oído demasiadas veces la caricatura del estudiante perfecto.
Y no encaja del todo en ella. Su padre dice que Matías se la pasa riéndose. Le gustan los sudokus y los rompecabezas. Su mejor amigo, Daniel Prince, aporta un matiz que ningún perfil oficial incluiría: Matías es amable y respetuoso, pero a veces ayuda “con tres piedras en la mano”, según el ánimo del día. Daniel aclara que a él siempre le ha respondido bien. Se hicieron amigos hace dos años, en noveno, por una casualidad.

El orden de los números
¿Por qué las matemáticas? Matías tiene una respuesta que sorprende. Todo empezó en sexto grado, cuando descubrió que los números le daban orden. “En la vida muchas cosas son muy rápidas y cambian todo el tiempo. La matemática no. Si estoy pensando en algún cálculo, puedo seguir pensándolo una semana completa y no va a cambiar”.
Ese amor lo llevó a competir desde tercero de primaria. Ganó sus primeras olimpiadas en Cúcuta, se coronó dos veces en las del Colegio Calasanz y terminó como campeón nacional en la olimpiada de la UIS.
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Esa última competencia lo obligó a hacer una pausa en plena preparación para el examen. Dejó “una semanita” de lado el Preicfes para estudiar temas que ni siquiera había visto en el colegio, tan complejos que resultaban “un poquito raros hasta para mi profesor de matemáticas”.
El profesor que traducía
Óscar Peñalosa, docente de Estadística y Física, lo acompaña desde octavo grado. De la preparación para la olimpiada guarda una escena que explica cómo piensa Matías. Había ejercicios de un nivel que casi nadie lograba entender ni siquiera estudiantes muy buenos. Matías ya los había resuelto, pero cuando quería explicárselos a sus compañeros se acercaba a los profesores y les decía: “profe, yo sé qué hacer, pero necesito ordenar las ideas”.
Peñalosa escuchaba, entendía y se lo traducía al resto del grupo. “Sí, profe, eso fue lo que yo pensé”, respondía Matías, rapidito.
Hace apenas dos semanas faltó a una clase porque estaba revisando universidades en Bogotá. El profesor dejó un taller para los presentes y, al volver, Matías Luengas Vergel fue de los primeros en terminarlo, sin haber estado en la explicación.
Para Peñalosa, lo distintivo no es la velocidad sino la serenidad: Matías no se queda en el problema, busca varias salidas y profundiza. En los últimos simulacros, dice, “era el número uno prácticamente”.
El simulacro que casi lo tumba
Esa calma no siempre estuvo ahí. Matías admite que, en un simulacro del colegio previo a la prueba real, los nervios lo afectaron bastante. Fue un tropiezo incómodo, pero le sirvió de ensayo. “Ya iba muy aterrizado: esto no me puede volver a pasar”, recuerda.
El día del examen, en una universidad de la ciudad, la escena fue modesta. En la fila todos llevaban buzo; él no. Le tocó un salón sin ningún compañero y entendió la lección de los abrigos apenas sintió el frío. Su recuerdo más nítido no es una pregunta difícil, sino el instante previo, cuando todos se desearon suerte antes de entrar.
Detrás había una preparación que describe sin adornos: el colegio, un Preicfes externo y, sobre todo, sus compañeros. En vacaciones se llamaban durante tres o cuatro horas para hacerse preguntas, explicarse ejercicios y, de vez en cuando, reírse de alguno.
Jueves, mediodía
Los resultados llegaron un jueves. Matías llevaba toda la semana ansioso, recorriendo páginas para ver si aparecían. Al mediodía, una compañera escribió en el grupo de la promoción que ya había salido su puntaje. Con los nervios encima, él ingresó sus datos. Y apareció el 500.
Sus padres descansaban en casa, dormidos, cuando lo oyeron llegar gritando: “¡500, 500, 500!”. Weimar no lo podía creer. “¿Estás seguro? Si quieres volvamos a meter la página oficial”, le dijo. Matías ingresó sus datos tres veces para confirmarlo. Después vinieron los abrazos, la llamada a su hermano y una frase de sus padres que él aún repite: todo lo que hiciste valió la pena.
Hay un detalle que lo retrata mejor que cualquier adjetivo. Durante meses, en broma, había dicho que hasta el día de los resultados iba a “hacer como que me saqué 500”, como si pensarlo con fuerza pudiera volverlo realidad. Aun así, hubo momentos de duda. “Estar 100 % seguro, nunca”, confiesa. Por eso fue tan grande la alegría de ver que aquella “manifestación” se cumplía.
A su mejor amigo, Daniel, la noticia lo tomó por sorpresa. Iba en un carro, camino al cine, cuando una amiga le dijo que Matías había sacado 500. “No le creo”, respondió. Lo llamó para comprobarlo y del otro lado encontró a Matías en shock. Daniel asegura que toda la promoción esperaba ese número. “Me lo regaló, y gracias a eso subimos mucho nuestro puntaje”, dice.
Una estatua pendiente
Al día siguiente, en el colegio lo esperaba un telón enorme con su cara, su nombre y el 500. Hubo abrazos, torta, mil fotos y hasta un video para TikTok. Sus compañeros y profesores lo cargaron. Él, que ha ganado tantas olimpiadas, dice que la emoción de ellos fue mayor que la suya.
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Peñalosa, el profesor, tiene una deuda. Lo molestaba con que, si sacaba 500, le harían una estatua. “Ahora estoy en deuda”, admite, y confiesa que en el colegio ya no hallan dónde ponerlo.
Lo que viene
El logro de Matías, de 16 años, llegó hasta el presidente Abelardo de la Espriella, quien lo destacó como muestra de talento, disciplina y compromiso con sus metas. Con el apoyo del empresario Christian Daes, cofundador de Tecnoglass, el Gobierno nacional le anunció una beca completa para los cinco años de la carrera que eligió: Ingeniería Matemática en la Universidad EAFIT, en Medellín.
Matías quiere empezar el próximo año. Ya conoce la universidad y la carrera, y le gusta su pensum. Sus padres sueñan con algo que va más allá del título, pues “se necesitan personas como Matías”, dicen. Quieren que esa capacidad se aproveche para el país.
Cuando le piden un consejo para quienes se preparan para el próximo año, evita las fórmulas mágicas. Dice que esa meta no se consigue de un día para otro, que hay que hacer preguntas y que la disciplina importa más que cualquier talento. Y advierte “no es agotarse y que tu vida se vuelva ICFES”.
Quizá ahí está la clave. El mismo niño que corrigió el tablero en jardín sigue desconfiando de lo que otros dan por cierto, y sigue preguntando hasta entender.
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