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Cúcuta
'Sabanales', 37 años lustrando zapatos en Cúcuta
Dice que perteneció al sindicato de emboladores, pero cuando necesitó ayuda le hicieron firmar una hoja donde decía que renunciaba al gremio.
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Miércoles, 27 de Julio de 2016

José Alirio ‘Sabanales’ Camargo le saca brillo a la vida, y a pesar de las dificultades sigue lustrando zapatos en el edificio Agrobancario, donde cumplió 37 años.

Embolador oficial de la Gobernación y otros edificios en los años 70, ‘Sabanales’ llegó de su natal Chinácota a los 13 años y cuenta que le pusieron ese apodo porque de niño en el pueblo se ganaba monedas cantando la canción ‘Los Sabanales’ de Calixto Ochoa.

“Desde pequeño he sido juicioso. A punta de lustrar botas hice mi casa y saqué adelante a mi mamá”, cuenta con lágrimas, pues su madre está hospitalizada, recuperándose de una cirugía.

“Cuando llegué a Cúcuta deambulaba por las calles buscando clientes, hasta que me asenté en el edificio Agrobancario”, dice, y señala  que se siente muy agradecido, porque los políticos de la época le dieron un carné que lo acreditaba para realizar labores en ese lugar todos los días.

“Ni tan dulce ni tan agrio” se considera Camargo, pues con el paso de los años le ha tocado aprender a ser vivo: muchas personas han querido aprovecharse de su espíritu servicial.

Su satisfacción es que los zapatos queden bien pulidos y los clientes satisfechos. Camargo cuenta cómo con el paso del tiempo su oficio se ha desvalorizado, al punto que la gente le pide rebaja y el dinero ya no le alcanza como antes.

Cuando comenzó allí, hacía de a 20 emboladas por día; ahora hace por mucho 10 a la semana y a veces ni siquiera le alcanza para pagar el transporte. Al comenzar, cobraba un peso; hoy cobra 2.500, cada vez más difíciles de encontrar, por el auge del calzado deportivo.

Por sus manos han pasado los zapatos de personajes como Samuel Sánchez, Sergio Entrena y Germán Ceades, cuyos recuerdos se le quedaron grabados para siempre.

Pero todo no es tan sencillo como parece. Antes, Camargo pertenecía al sindicato de emboladores, pero cuando le diagnosticaron epilepsia necesitó ayuda para comprar medicamentos, y ellos le hicieron firmar una hoja donde decía que renunciaba al gremio.

“Yo nunca aprendía a leer ni a escribir porque mi familia era del campo y no teníamos esa cultura”, dice resignado. 

A sus 57 años, Camargo dice que aunque la vida ha sido dura para él, pero aspira a que se le mejore el trabajo, ya que para él un gracias y una sonrisa son más importantes que cualquier título.

Valentina Restrepo | Practicante de periodismo

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