“Tuve que dejar a mi hijo en el cementerio y a él le tocó quedarse solito en el silencio”. Con esas palabras, Cindy Johana Lizcano Ochoa despidió a Francisco Javier Ardila Díaz, a quien consideraba su hijo, sin imaginar que menos de un mes después la muerte volvería a cruzarse en su camino. Esta vez, la violencia la alcanzaría a ella, en medio de una caravana fúnebre que acompañaba el cuerpo de Nathalia Alarcón, su amiga del alma, a quien también consideraba una hermana.
“Te amaré por el resto de mis días, pronto estaremos juntas de nuevo, fue nuestra promesa”, escribió Lizcano en un comentario a un video publicado por Alarcón en julio del año pasado, en la red social TikTok.
A primera vista, parecía un video normal en el que ambas se abrazaban con mucha emoción, pero lo cierto es que el trasfondo era más profundo. Las instalaciones que aparecían al fondo eran las de la cárcel Modelo, donde Cindy estaba recluida por los delitos de secuestro extorsivo agravado; porte de armas y municiones de uso privativo de las Fuerzas Armadas, y hurto calificado y agravado.
Aquel abrazo no era solo una celebración por el reencuentro. Era un momento de euforia después de que la reclusa regresara a las calles, tras recibir el beneficio de prisión domiciliaria. Con la medida también le fue asignado un brazalete de vigilancia electrónica del Inpec, que la acompañó hasta el final de sus días.
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En la caravana
Una multitudinaria caravana, encabezada por una carroza fúnebre en la que iba el cuerpo de Nathalia, recorría las calles del barrio El Contento, en Cúcuta. En medio de aquella despedida, nadie imaginaba lo que estaba a punto de suceder.
Abundaban las motocicletas y, en su mayoría, los asistentes vestían camisetas blancas con el rostro de Alarcón estampado. Sonaban la música y los pitos, mientras los presentes lamentaban la muerte de la joven, sin saber que entre ellos se encontraba un hombre que, al parecer, tenía un objetivo criminal.
Un sujeto vestido de negro, que se movilizaba en una motocicleta y llevaba puesto el casco, desenfundó un arma de fuego y, sin detener la marcha, apuntó contra Cindy, quien vestía de negro y viajaba como parrillera en otra moto.
Los disparos fueron certeros y rápidamente hicieron que la mujer se desplomara de espaldas sobre el asfalto. Incluso cuando ya estaba en el suelo, los tiros no cesaron. El pistolero habría insistido en dispararle para asegurarse de acabar con su vida.
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Alrededor de ocho disparos impactaron a Cindy en diferentes partes del cuerpo. Sin embargo, ella no fue la única afectada. Dos proyectiles que no alcanzaron su objetivo terminaron hiriendo a otras personas.
Una mujer recibió disparos en la pierna y el glúteo derechos, mientras que un hombre sufrió heridas en el glúteo y la rodilla derechos. Al parecer, ambos transitaban por el lugar cuando quedaron en medio del ataque.
Fue entonces cuando, tras aquellos segundos de caos, estallaron los gritos de desesperación, mientras el agresor huía sin que nadie pudiera detenerlo.
El saldo era sangriento. Lizcano yacía gravemente herida en el suelo, mientras los otros dos lesionados se cubrían las heridas con las manos. Por un momento, la caravana se detuvo y la prioridad fue auxiliar a Cindy, quien viajaba al costado derecho de la carroza fúnebre.
Los tres heridos fueron trasladados rápidamente a la Unidad Básica Loma de Bolívar, donde ingresaron por urgencias. La condición de Lizcano era especialmente delicada.
Su estado era tan grave que, pocos minutos después de su llegada, su corazón dejó de latir. Las heridas resultaron demasiado severas y fue declarada muerta antes de las 3:30 de la tarde.
Las autoridades llegaron a la escena del crimen y adelantaron las labores de inspección y recolección de material probatorio para tratar de identificar y localizar al responsable. Mientras tanto, el sepelio tuvo que continuar. A las autoridades les quedó la tarea de resolver la gran pregunta: ¿por qué la mataron?
Una de las primeras pistas surgió durante la inspección técnica al cadáver, realizada por la Brigada Interinstitucional de Homicidios (Brinho). Los investigadores notaron que la mujer llevaba puesto un brazalete de vigilancia electrónica, debido a que cumplía una medida de prisión domiciliaria.
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Su historial
Cindy estaba lejos de ser ajena al mundo judicial. Recientemente había enfrentado la muerte violenta de dos de las personas más cercanas a ella, pero también había sido protagonista de un episodio criminal apenas un par de años atrás.
Un factor clave para entender este hecho es la medida de prisión domiciliaria que le había concedido la justicia en julio del año pasado, en medio de un sorprendente episodio judicial.
Lizcano estaría vinculada a Los Páez, una banda delincuencial dedicada a los secuestros extorsivos y los robos, actividades que dejaron a más de 25 personas afectadas. Gracias a las gestiones de su defensa, se logró cambiar su medida de aseguramiento en centro carcelario por casa por cárcel. La misma decisión benefició a los otros nueve integrantes de la banda, apenas dos años después de que fueran capturados, en mayo de 2023.
La organización se dedicaba a engañar a sus víctimas mediante publicaciones en redes sociales en las que ofrecía vehículos en venta. Los anuncios eran un gancho para atraer a personas que viajaban desde otras ciudades y municipios hasta Cúcuta, convencidas de que concretarían un negocio.
Ahí entraría en juego Cindy. Según la investigación, ella llegaba a la Terminal de Transportes o al aeropuerto para recibir a los interesados, supuestamente en representación del vendedor, y guiarlos hasta el lugar donde se realizaría la negociación, generalmente en las ciudadelas de Atalaya y La Libertad.
Una vez allí, otros integrantes de la banda, fuertemente armados, los retenían y trasladaban a puntos apartados de la ciudad. En esos lugares los mantenían escondidos en ranchos y comenzaban las exigencias económicas para su liberación.
La caída de la organización comenzó a finales de abril de 2023, cuando el secuestro de un hombre que viajó desde Duitama, Boyacá, salió mal y permitió conocer parte de la identidad de los captores. Un mes después, sus integrantes fueron capturados mediante la ejecución de diez órdenes judiciales.
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Nathalia
La muerte de Nathalia Alarcón representó un duro golpe para Cindy, quien la consideraba una hermana. Tanto era su cariño que incluso llevaba su nombre y su fecha de nacimiento tatuados en la piel.
“Siempre estuviste a mi lado, cuando salí en libertad fuiste la única esperándome ahí por horas. Me arrebataron la vida al quitarte la vida a ti”, escribió Lizcano en redes sociales.
La joven, de 21 años, fue asesinada el pasado domingo 11 de octubre en la avenida Panamericana, en jurisdicción del barrio El Salado, luego de ser víctima de una persecución que se prolongó durante varios segundos.
Según la información recopilada, un delincuente que se movilizaba en motocicleta la habría perseguido desde la glorieta de la cárcel Modelo hasta el punto donde finalmente la alcanzó y le disparó. Uno de los proyectiles la impactó en el pecho y provocó que cayera gravemente herida sobre el asfalto.
Varios testigos encontraron a la joven agonizando y alertaron a las autoridades. Sin embargo, cuando llegaron, ya no presentaba signos vitales, por lo que fue declarada muerta en el lugar.
Su cuerpo permaneció en velación hasta el miércoles, 14 de octubre, cuando sus familiares y amigos lo trasladaban hacia el cementerio. El recorrido fúnebre, sin embargo, terminó marcado por el sangriento ataque.
Pero este no fue el único golpe que la vida le había propinado a Lizcano. Apenas un mes antes, también le habían arrebatado a su hijo.
Pachito
“El día que yo me muera, no se sientan tristes, déjenme tranquila, que me fui a buscar a mi hijo, que me llamó porque no le gustaba estar solito”, decía uno de los muchos mensajes que Cindy le dedicó a quien llamaba su hijo, aunque no llevaran los mismos apellidos.
Francisco Javier Ardila Díaz, de apenas 20 años, fue víctima de los sicarios la noche del 8 de septiembre. Pachito, como lo conocían sus allegados, estaba afuera de su casa, en el barrio El Contento, cuando fue atacado.
Dos hombres que se movilizaban en una motocicleta aparecieron y le dispararon en repetidas oportunidades. Las heridas fueron mortales y el joven murió pocos minutos después, cuando era trasladado a un centro asistencial.
Días después, su sepelio también estuvo acompañado por una multitud y estuvo marcado por las camisetas estampadas en su homenaje. Sin embargo, en aquella ocasión, Lizcano sí pudo acompañarlo hasta el cementerio.
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#Judicial #Sucesos 🕊️ Lo que debía ser el último adiós a Nathalia Alarcón terminó en tragedia. En medio de la caravana fúnebre que acompañaba su cuerpo, Cindy Johana Lizcano Ochoa, su amiga del alma, a quien consideraba una hermana, fue asesinada en un ataque sicarial en el barrio El Contento, en Cúcuta.
— Diario La Opinión (@laopinion_col) October 16, 2026
