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La odisea de Moño, el cadáver que el miedo no dejó recoger en una trocha de Cúcuta
Gabriel Claros Álvarez habría llegado al barrio El Escobal hacía seis meses.
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La opinión
La Opinión
Martes, 25 de Agosto de 2026

La muerte de Gabriel Claros Álvarez no terminó con el disparo que le quitó la vida. Para su familia, el drama apenas comenzaba. Durante tres días, su cuerpo permaneció abandonado en una trocha fronteriza entre Colombia y Venezuela, mientras el miedo impedía que pudieran recuperarlo y darle una digna despedida.

Se trataba de una de las trochas más reconocidas, pero también de las más temidas, que conectan a Cúcuta con el municipio de Ureña, en el estado Táchira. Es conocida como La Isla. Allí, sobre las piedras, rodeado de maleza y en medio de un ambiente de temor, quedó el cuerpo de Gabriel.


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La presencia y amenaza directa de grupos armados en la zona del barrio El Escobal, que no se descarta hayan tenido responsabilidad directa en el crimen, hizo que el tercer intento fuera el definitivo para lograr la extracción del cuerpo.

Gabriel, conocido como ‘Moño’ por su familia, tenía 42 años y había llegado a vivir a ese sector hacía unos seis meses. Llevaba una vida complicada, marcada por la falta de un trabajo estable, por lo que conseguir dinero era una de sus principales preocupaciones.

Su familia, oriunda de Cúcuta, está dispersa en varios puntos del área metropolitana. Fue solo un hecho tan trágico como su muerte el que logró reunirlos en la sala de velación de una funeraria, donde esperaban la llegada de uno de sus seis hermanos, quien vive en otra parte del país, para finalmente darle sepultura este martes, 25 de agosto. El Cementerio Central de Cúcuta será su destino final.

Moño, cuyo apodo hacía referencia a la actitud noble y dócil que lo caracterizaba dentro de su familia, vivía solo. Nunca tuvo hijos ni esposa. Se desempeñaba como ayudante de construcción; sin embargo, muchas veces pasaba periodos considerables sin poder trabajar.

Dentro de su familia, donde era el cuarto de seis hermanos, solía ser reservado, pero entrañable. Con lágrimas y un nudo en la garganta, Adrián, su hermano mayor, quien apenas le llevaba un año y medio, recordaba con nostalgia los momentos que vivieron juntos durante su crianza.

A sus espaldas, los padres de Gabriel, sentados frente al ataúd, recibían la visita de decenas de allegados que se enteraron de la tragedia.


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Dificultad

Su muerte fue oscura, solitaria y silenciosa, bajo circunstancias que aún no han sido establecidas. Sin embargo, con el pasar de los días, el panorama alrededor de su cuerpo se tornó cada vez más violento y atemorizante, en medio de la compleja situación de seguridad que se vive en esa zona de la ciudad.

Según la información recabada por este medio, el crimen, cometido con arma de fuego, habría ocurrido en la noche del pasado miércoles 19 de agosto, en la mencionada trocha. Nadie dio aviso sino hasta la mañana siguiente, cuando algunos residentes del sector pasaron por allí y alertaron a las autoridades.

En la tarde del jueves 20 de agosto, una carroza fúnebre llegó al lugar, pues los uniformados no habían podido ingresar por razones de seguridad. Sin embargo, la presencia de los funerarios por poco termina en tragedia.

Hombres armados que patrullaban la zona salieron de la maleza, detuvieron el vehículo y les dijeron a los trabajadores que se fueran. Según les advirtieron, únicamente la Policía o el Ejército podían retirar el occiso.


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El mensaje fue recibido y, al día siguiente, los uniformados llegaron al sitio, sobre el mediodía. No obstante, se produjo una confrontación armada.

Del lado colombiano no hubo heridos, mientras que, del otro lado de la frontera, medios digitales locales informaron que un uniformado venezolano habría resultado lesionado durante el intercambio de disparos. A la par, residentes de Ureña reportaron que una bala perdida impactó contra la ventana de una vivienda ubicada en una urbanización.

Finalmente, el sábado, el Ejército logró ingresar a la trocha y sacar el cuerpo. Esa misma tarde, sus familiares fueron informados.

Aparentemente, una mujer que conocía a la víctima y tenía el contacto de su padre fue quien le comunicó lo sucedido por vía telefónica.


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