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De Sardinata a Titanes Caracol, una historia de inclusión que se baila
El líder de MACI Somos Todos está entre los cinco finalistas de la plataforma que busca visibilizar iniciativas de impacto social.
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Ruby Escamilla
Ruby Escamilla
Domingo, 27 de Septiembre de 2026

Hay personas que encuentran su propósito después de muchos años de búsqueda. Orlando Rodríguez Ortega asegura que el suyo llegó de una manera que todavía recuerda con claridad: en una iglesia de Sardinata, durante un Jueves Santo, cuando sintió que debía hacer algo por los niños, jóvenes y adultos con discapacidad con los que ya había trabajado a través de la danza.

Hoy, cinco años después de aquella experiencia, su nombre está entre los cinco finalistas de los Premios Titanes Caracol 2026, en la categoría Integración, Inclusión y Reconciliación. Pero para Orlando, la nominación no es solamente suya.

Es de los niños que aprenden a bailar, de las madres que acompañan cada ensayo, de los cuidadores que vencieron sus propios miedos, de quienes subieron a un escenario por primera vez y de las familias que encontraron en el arte un lugar donde sentirse parte.

Orlando tiene 46 años, nació en Sardinata, Norte de Santander, y actualmente vive en Cúcuta. Es tecnólogo en Producción Dancística, técnico en Ejecución de la Danza y cuenta con diferentes diplomados relacionados con la danza, la dramaturgia, la discapacidad y la educación inclusiva.

Sus integrantes han llevado sus puestas en escena a teatros, colegios, universidades, ferias y festivales de la región.

Lleva 26 años dedicado a la formación y a los talleres culturales. Ha explorado la pintura, la música, las artesanías y la fabricación de máscaras, pero es la danza la que terminó convirtiéndose en su principal herramienta para encontrarse con los demás. Y también en una forma de servir.

Una historia que comenzó antes de MACI

Antes de que existiera MACI Somos Todos, Orlando ya trabajaba con población con discapacidad.

Durante la pandemia, en 2020, realizó talleres virtuales de danza financiados por el Ministerio de Cultura y dirigidos a niños con discapacidad vinculados a diferentes fundaciones. Los contratos terminaron después de algunos meses, pero algo quedó pendiente.

Las madres de los participantes le pidieron que continuara.

Los niños habían conectado con él. La danza les gustaba. Y, sobre todo, aquel espacio se había convertido en una oportunidad para relacionarse, moverse y desarrollar capacidades en medio de un momento particularmente difícil.

Al principio, Orlando pensó que no podía continuar sin recibir un pago.


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“Yo quería seguir aportando a la sociedad y a la población con discapacidad a través de las artes, pero bajo la expectativa de recibir un pago por ello”, recuerda.

Después llegó aquella experiencia que, según cuenta, cambió su manera de entender el proyecto.

Durante un Jueves Santo de 2021, en la iglesia de San Martín, en Sardinata, sintió que debía crear una iniciativa para continuar trabajando con los niños y que no debía cobrarles por las clases.

La idea inicialmente le generó dudas. Incluso, según relató, pasó meses tratando de entender qué debía hacer. Finalmente decidió ponerla en marcha.

Así nació MACI Somos Todos, siglas de Movimiento Artístico Cultural Incluyente.

El nombre también tiene una historia. Cuando intentó registrarlo, encontró que ya existía otra organización con el mismo nombre en Norte de Santander. Entonces agregó la frase “Somos Todos”.

No fue un adorno. Era, y sigue siendo, una declaración de principios.

El nortesantandereano lidera una iniciativa sin ánimo de lucro que ha impactado directamente a unos 800 niños y jóvenes mediante procesos artísticos.

“La inclusión es una responsabilidad que compete a toda la sociedad por igual. Nos compete a todos, al panadero, al periodista, al carnicero, a los colegios y a cualquier otra persona”, sostiene Orlando.

Por eso insiste en que la inclusión no puede ser responsabilidad exclusiva de una familia, una fundación o un profesor.

Bailar sin pagar

Uno de los aspectos que más destaca Rodríguez de su iniciativa es precisamente que MACI trabaja sin ánimo de lucro.

Las familias no pagan por las clases, los talleres ni las presentaciones. El movimiento se sostiene mediante convocatorias públicas, proyectos, autogestión, donaciones y, en buena parte, con recursos que el propio lider consigue o aporta.

Cuando reciben recursos de proyectos o convocatorias, estos se destinan a necesidades del grupo: vestuario, transporte, materiales y actividades.

También están las madres y padres, que organizan rifas, ventas de alimentos y otras actividades para conseguir recursos.


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Y está Orlando. Él mismo fabrica algunas máscaras, busca materiales, gestiona espacios y, cuando es necesario, pone dinero de su bolsillo. En ocasiones, incluso recurre a préstamos familiares para poder cumplir con alguna actividad.

La organización tampoco cobra por sus presentaciones. Cuando son invitados a un evento, solicitan que se garantice el transporte y los refrigerios de los participantes.

La razón es sencilla: que ninguna familia tenga que preguntarse si puede pagar antes de decidir si su hijo puede bailar.

De cuatro participantes a una comunidad

MACI comenzó con cuatro participantes. Actualmente, alrededor de 50 niños y jóvenes participan durante el año en sus procesos. A ellos se suman madres cuidadoras que también han comenzado a subir a los escenarios.

El sardinatense calcula que, desde el inicio de la iniciativa, alrededor de 800 niños y jóvenes han sido impactados directamente a través de diferentes procesos de formación, mientras que unas 9.000 personas han tenido contacto indirecto con el proyecto como espectadores de sus presentaciones.


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Las edades son diversas. Hay participantes desde los 5 años hasta adultos de más de 40.

“Aunque hay integrantes que tienen edades de 38, 39 o 40 años, para mí todos son niños. Se divierten con las mismas cosas, son inocentes”, dice.

La población que llega a MACI tiene diferentes tipos de discapacidad: física, cognitiva, sensorial y múltiple.

También llegan participantes provenientes de Venezuela, especialmente de Ureña y San Antonio, además de personas de Cúcuta y municipios del área metropolitana.

Los miércoles y viernes son días de ensayo. Pero MACI es mucho más que aprender pasos de baile.

Hay talleres de pintura, arcilla, tejido, bisutería y otras manualidades; actividades lúdico-recreativas; fortalecimiento psicomotor; acompañamiento psicológico; foros para padres y cuidadores y espacios destinados a reconocer a las llamadas “supermamás cuidadoras”.

Las presentaciones también han llevado al grupo a colegios, universidades, teatros, ferias, festivales, desfiles y diferentes escenarios de Cúcuta y otros municipios de Norte de Santander.


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En cada lugar, la danza funciona como una especie de carta de presentación. Primero llegan los bailarines. Después, la gente conoce sus historias.

Cuando bailan las familias

El impacto de MACI no se queda en quienes participan directamente. También alcanza a sus familias.

El nortesantandereano cuenta que cuando un niño comienza a participar, detrás de él suele movilizarse todo un pequeño ejército: mamá, papá, hermanos, tíos, primos, vecinos y amigos.

Todos terminan involucrados. Una madre, por ejemplo, encontró una manera diferente de compartir con su hijo cuando comenzó a bailar junto con él.

Esos momentos son los que Orlando considera parte fundamental del verdadero propósito de la iniciativa.

Porque no se trata únicamente de enseñar una coreografía. Se trata de generar confianza, demostrar capacidades, ocupar un escenario, hacer amigos, permitir que una madre vea a su hijo haciendo algo que quizás alguna vez creyó imposible. Y también de cambiar la mirada de quienes observan.


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Disciplina para todos

Para el líder de MACI, inclusión no significa bajar las expectativas. Por el contrario, uno de sus principios de trabajo es la disciplina.

Considera que las personas con discapacidad no deben ser tratadas desde la permisividad permanente por su condición, sino desde el respeto y unas reglas claras que les permitan desarrollar responsabilidades.

“La disciplina es la herramienta que me permite tener el control de la población con la que trabajo”, explica.

Y lo dice incluso con humor. Si alguno no se comporta bien, puede quedarse sin piscina, sin regalos de Navidad, sin fotografías o sin traje para una presentación.

Son pequeñas consecuencias que, según Orlando, forman parte de enseñar que pertenecer a un grupo también implica compromisos.

Porque para él, sus bailarines no están allí simplemente para ser mostrados como ejemplo de superación, son artistas. Son personas con capacidades, gustos, responsabilidades y sueños.


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Un Titán que representa a Norte de Santander

Después de superar diferentes filtros entre más de 400 propuestas, Orlando fue seleccionado como uno de los cinco finalistas de Titanes Caracol 2026, en la categoría Integración, Inclusión y Reconciliación.

La nominación puso el nombre de MACI Somos Todos y de Norte de Santander en una plataforma nacional que busca visibilizar iniciativas de impacto social.

Pero Rodríguez Ortega insiste en que el reconocimiento no puede entenderse de manera individual.

Detrás de él están las familias, los cuidadores, los niños, los jóvenes, los adultos, los voluntarios, las personas que han prestado un espacio, las entidades que han apoyado alguna actividad, y quienes alguna vez se sentaron frente a un escenario para ver bailar a uno de los integrantes.

“Queremos llevar nuestra historia a todo el país y demostrar que la danza transforma vidas y que la inclusión nos une”, afirma.

Su aspiración para Titanes Caracol tiene el mismo sentido.


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“Quiero ser Titán Caracol 2026 porque creo que la verdadera inclusión ocurre cuando todos tenemos la oportunidad de participar y demostrar lo que somos capaces de hacer”, señala.

Las votaciones estarán abiertas hasta el 6 de noviembre a través de la plataforma oficial de Titanes Caracol. La Gala de Premiación está prevista para finales del mismo mes, en Bogotá.

Mientras llega ese momento, Orlando seguirá haciendo lo que ha hecho durante 26 años: formar, crear y abrir espacios a través del arte.

Seguirá llegando a los ensayos, seguirá fabricando máscaras, seguirá buscando recursos, seguirá acompañando a las familias y, seguirá diciéndoles a sus bailarines que pueden hacerlo. Porque, al final, eso es MACI Somos Todos.

Una iniciativa que nació en medio de la necesidad de volver a encontrarse después de la pandemia y que terminó convirtiéndose en un espacio permanente para encontrarse con el otro.

Un proyecto nacido en Norte de Santander que, a través de la danza y sin cobrarle un peso a las familias, busca que nadie tenga que quedarse mirando desde afuera cuando también puede estar sobre el escenario.


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