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Cúcuta
Una experiencia imborrable: la cucuteña que estudia Medicina y ayudó a salvar vidas tras el terremoto en Pereira
La futura médica contó cómo sus vacaciones cambiaron al decidir ayudar y servir a los pereiranos afectados por el terremoto.
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José Luis Daza
José Luis Daza
Domingo, 23 de Agosto de 2026

Damaris Juliana Rojas Peñaloza cursa décimo semestre de Medicina en la Escuela Latinoamericana de Medicina, en Cuba. Había viajado a Cúcuta para disfrutar de un periodo de vacaciones junto a su familia, aprovechando el receso académico en la isla.

Cuando faltaba una semana para regresar a las aulas y los laboratorios, decidió desplazarse a Pereira para compartir unos días con su hermano, quien desde hacía varios años residía en el Eje Cafetero.

El fuerte terremoto que sacudió gran parte del país la sorprendió mientras aún dormía. Al intentar salir de la vivienda, los muros de la casa vecina comenzaron a desplomarse. En medio del caos, empujó a su hermano para protegerlo, pero perdió el equilibrio por la violencia del movimiento y cayó al suelo. Uno de los escombros le provocó una herida en el pie derecho.

Esa lesión, sin embargo, no fue un obstáculo para asumir la que consideraba la misión más importante de su vida: ayudar a salvar personas en medio de una de las peores tragedias que había vivido Colombia en los últimos años.


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Los consejos de su madre, quien le insistía en que debía descansar para que sanara la herida, esta vez quedaron de lado. Se vendó el pie, tomó algunos analgésicos, se puso la bata y salió a ejercer la profesión que aún estaba terminando de estudiar.

“Me necesitan. En Cuba nos han inculcado ser médicos con conciencia, estar donde más nos necesitan, y eso fue lo que hice”, contó. Con esa determinación llegó al Parque La Libertad para ponerse al servicio de los damnificados.

Durante las largas jornadas de atención, el dolor y el cansancio parecían desaparecer.

“Mis heridas podían esperar. Lo más urgente era ayudar a la gente de Pereira; ellos eran la prioridad. Después de estos días sentía un enorme orgullo de dejar en alto el nombre de Cúcuta. Los cucuteños siempre estábamos dispuestos a servir y ayudar a quien lo necesitaba”, afirmó.

 

La futura médica, quien había accedido a sus estudios gracias a una beca derivada del Acuerdo de Paz de 2016, había enfrentado jornadas extenuantes, con turnos de hasta 48 horas, debido a la escasez de personal de salud en la zona de desastre.

“La realidad en el terreno era desgarradora. Había atendido personas descompensadas, desmayadas y deshidratadas, además de pacientes con gastroenteritis aguda por consumir agua no tratada. A eso se sumaban el frío permanente y el polvo de las viviendas y estructuras colapsadas”, relató.

Las condiciones de atención también habían sido extremas.

“Los consultorios eran carpas improvisadas que, por las fuertes lluvias que caían sobre Pereira, se inundaban constantemente. Se mojaban los medicamentos y las colchonetas destinadas a la ayuda humanitaria. Tuvimos que improvisar camillas en el suelo y sobre sillas. No contábamos con los elementos básicos para curar heridas; los insumos eran muy escasos y debíamos ser muy recursivos”, explicó.

La tragedia también había dejado profundas cicatrices emocionales. Confesó que una de las experiencias más difíciles había sido presenciar la recuperación de cuerpos sin vida y acompañar el dolor de familias que habían perdido a sus seres queridos.


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Además de atender a los damnificados, también había brindado asistencia a rescatistas y voluntarios lesionados mientras removían escombros.

“No había estado sola. En el lugar también trabajaban psicólogos, pediatras y veterinarios, junto con delegaciones internacionales de Brasil, México e Israel. Incluso mi propia madre, Angélica Maritza Peñaloza, se había sumado como voluntaria y ayudaba a remover escombros”, contó.

El cansancio físico encontraba alivio en el agradecimiento de quienes atendía.

“Cuando curaba una herida o colocaba un suero, las personas me abrazaban y lloraban conmigo. Al regresar a casa casi no lograba descansar; dormía muy poco. Me iba en cuerpo, pero mi alma se quedaba en el parque junto a las enfermeras y auxiliares”, expresó.

 

El pasado sábado (ayer 22 de agosto) concluyó su voluntariado en la capital risaraldense, una ciudad que, aseguró, siempre ocuparía un lugar especial en su corazón. Allí, sin esperarlo, había enfrentado la primera gran prueba de su carrera.

“No fue una experiencia traumática, pero sí imborrable. Me fui con el corazón lleno de felicidad por haber servido a mi país y por haber sido testigo de tanta solidaridad. Los planes de Dios eran perfectos y, por alguna razón, me había traído hasta aquí”, dijo.


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Ahora esperaba culminar los trece semestres que exigía la legislación cubana, obtener el título de doctora en Medicina y especializarse en neurocirugía o cirugía cardiotorácica.

Entre risas, aseguró que la emergencia vivida en Pereira había terminado convirtiéndose en su verdadera ceremonia de graduación como profesional de la salud.


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